
'Manos dibujando', 1948, litografía de M. C. Escher. (www.mcescher.com)
Pasado el efecto fin de año: Volvemos a ponernos el traje de sobrevivientes y nos lanzamos a caminar el 2012 llenos de esperanzas y deseos, pero llevando en el equipaje algunas metas incumplidas porque el paso de un año es puro formalismo frente al paso del destino. De ahí que no creo sea coincidencia que terminara 2011 como lo empecé, en una fiesta multicultural en Lavapiés, en la misma casa, con más o menos los mismos amigos y (des)conocidos, las mismas canciones balcánicas e internacionales tocadas por los músicos de Million Dollar Mercedes Band, y la misma alegría colectiva que oxigena algunas de mis noches en Madrid para crearme la ilusión de que esta ciudad es mi hogar ahora. «Se cerró un círculo», le dije a la anfitriona de la fiesta cuando nos saludamos —un año antes no nos conocíamos e irrumpimos en su ático llevados por otros invitados—.
Veo símbolos por todas partes como fantasmas, siempre he pensado que detrás de cada hecho hay un significado por descubrir, pero mi mente deficiente no logra la mayoría de las veces ver con claridad. Esta vez sentí que el año me daba una bofetada mostrándome mi vida circular, mi vida que gira sobre sí misma, mareada, cansada, sonriendo cuando quiere vomitar, bailando para no llorar. Mi vida déjà vu como las luces navideñas de Madrid, recicladas del año anterior. Mi vida varada en el Hoy.
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