Metro Canal, Madrid.

Cuando estudiaba arte en la Habana siempre llevaba un libro en la mochila. Solía leer en la cola del autobús y en los 40 minutos que duraba el viaje desde la Habana Vieja hasta Marianao. Recuerdo que leí la ‘Rayuela’ de Cortázar en aquellos trayectos, dentro de una «guagua» 264 invariablemente repleta de pasajeros.
Era complicado leer allí si no tenías la fortuna de conseguir un asiento. Aún así, contando con esa suerte, la música estridente del chofer, los chillidos de la gente y el calor conspiraban contra la lectura. Éramos pocos los lectores urbanos que lográbamos imponernos a esa Habana agreste; años después cuando ya no leía dentro de los autobuses, ni los usaba con tanta frecuencia, recuerdo algún que otro viajero atrevido leyendo en medio de un «camello» en fase crónica de tumulto.
No leí mucho en aquella época de autobuses y en general en ninguna, confieso que no soy una gran lectora. ¿Paradójico no?, tratándose de alguien que escribe… De un coterráneo leí que al no encontrar eso que deseaba leer lo escribía… quizás suene un tanto pretencioso, pero cada uno tiene sus razones; de cualquier modo leer siempre ha sido estimulante cuando un libro logra absorber mi atención. Mi pensamiento se mueve constantemente, la gente, los hechos, lo que pasa por delante de mis ojos me mantiene abstraída en el mundo y sus formas, por eso me cuesta mucho mantener la concentración en la lectura. Pero cuando lo consigo, el libro vale, al menos para mí, y mucho.
El primer regalo que me hicieron en España fue un libro: ‘El retrato de Dorian Gray’. De Oscar Wilde sólo había leído ‘El ruiseñor y la rosa’ cuando tenia como 16 años y no recuerdo casi nada. Me pareció simbólico el regalo porque yo tenia bajo ese título una manera particular de recordar a un amigo, al que por ingenuidad había descrito como a Dorian Gray, sin tener ni la menor idea de que aquel personaje ya existía. Leerlo era como saldar una deuda con mi ingenuidad. Y que mejor momento que el de la pérdida de aquella inocencia insular con la que llegaba al viejo mundo.
‘El retrato de Dorian Gray’ fue mi primera lectura de autobús en España, en ese entonces vivía en Málaga, en un barrio nombrado ‘La Luz’ –que de luminoso sólo tenía el nombre–, y estaba muy cerca de las obras del Metro. Porque Málaga aún no tiene ese fenomenal invento de la modernidad. Allí la gente suele leer en el autobús, pero un viaje así se presta más para el periódico, el ‘Qué’ siempre estaba disponible para lectores ocasionales, aunque había quien se traía su propio periódico o algún libro.
Una vez se me sentó al lado una señora que leía un libro religioso, no recuerdo el título, pero era relacionado con ‘camino al cielo’ o algo así. Me causo gracia el contraste entre mi lectura y la suya. Entonces yo leía otro libro que me habían regalado ‘Los cuadernos de Don Rigoberto’ de Vargas Llosa, y en ese preciso momento me adentraba en una de sus fabulosas escenas eróticas.
En Madrid todos leen en el Metro. Puedo afirmar casi sin equivocarme que en esta ciudad la gente lee mucho más que en La Habana –algunos dirán que es porque hay más libros ¿no?–. A veces tengo la sensación de que estoy dentro de una biblioteca rodante cuando coincidimos cuatro o cinco personas a la vez en un vagón con los ojos metidos dentro de un libro.
Me entretengo en fisgonear en los libros de los demás. Intento leer los títulos, reconocer a los autores, quizás un día me plantee como ejercicio traerles una muestra de lo que leen los otros pasajeros. Algunos los llevan forrados, ¿será timidez, escrúpulos o obsesivo cuidado?
Recuerdo que un día iba con una amiga y jugábamos a descubrir que leía un chico frente a nosotras: ‘La guerra y la paz’. Mi amiga no tenia ni idea de que estaba delante de alguien leyendo un clásico. Ella prefiere ‘Harry Potter’ y yo, no soy mejor que ella, se quién es Tolstói, pero no me he leído sus libros –ahora podéis quemarme en la hoguera de los incultos–.
La realidad es que con el Metro ha llegado para mí de nuevo la lectura. Mi buena racha de regalos literarios continua, ahora estoy leyendo ‘La Fiesta Vigilada’ de Antonio José Ponte, pero antes han habido otros títulos que ya les comentaré, porque este es sólo el comienzo de ‘Lecturas del Metro’, una serie de post donde quiero invitarles a leer un poco conmigo, quién sabe si terminamos coincidiendo con el mismo libro en el algún vagón del Metro de Madrid.

Anuncios