Introducción o explicación para ti que nunca entendiste nada, pero por fe o ingenuidad, espero que un día comprendas al menos algo

Intentamos de todo, lo intentamos; pero parece que asistimos sin saberlo a la pésima escuela, a la del desencanto de antemano, la de la patadita piadosa para el empujoncito del muchacho. No sé que fue lo que apre(he)ndimos cuando enseñaban que dos más dos igual cuatro, o los héroes: esos grandísimos tipos, o seremos como el Che, o somos el futuro del mundo; y, al parecer, nos perdíamos en no sé cuál matemática absurda, no sé cual muerte de quienes tan lejanos y tan cabronamente humanas como la del vecino, viejo y enfermo, y siempre molestando con su tos de noche, siempre molestando con su tos de, siempre molest… para dejarse seducir por un futuro ¿El futuro? ¡Díos mío que mala palabra!… y así siempre, así siempre y sin quererlo: verdaderamente sin quererlo, o al menos queriendo otra cosa, imaginando querer otra cosa, y no precisamente ser las victimas de esta sucia atracción de lo incomprensible, de esta oscuridad en lo evidente, del olfato aguzado previendo la trampa en los murales, en las seductoras epopeyas a la vista de todos.
Fue así y de nada nos sirvió la disolución. Desaparecer en la ciudad, rezar en las iglesias, ser la multitud. De nada sirvió -de nada- abandonar el lastre, convertirnos en cifras, en meras estadísticas de una Habana. Imprudentes tretas de resultados inversos, espejos cóncavos del deseo. Nos volvimos más viejos y sin raíces, más viejos y sin hogar; nos volvimos caracoles, desarraigos, ostras; nos volvimos vagabundos en la tierra, vagabundos empeorados, muy empeorados, y con nada inusual para diferenciarnos. Éramos iguales tú, yo, nosotros, ella, los otros. Éramos iguales todos, pero sabíamos que no. Lo sentíamos.
No sé de donde provino la fuerza, de donde el aniquilamiento. Quizá la completa pérdida de la esperanza en la transmutación, la falta de curaciones, la magia infructuosa, la cara de la luna en el filo del agua. Hijos, matrimonio, adicción, vicios, pruebas todos, hurgarse todo, cuentos para niños que no deseaban dormir: sabia la humanidad: no harás mañana lo que no hiciste hoy. Sabia la discrepancia: no hagas mañana lo que ya hiciste hoy. ¿No lo entiendes amor? Lastre de la tierra. Lastre de la familia. Lastre de la gente.
Y tal vez dormirse fuera simplemente lo mejor. Tal vez lo era. Una acostadita y problema resuelto. Deja que esa cabecita repose y repose muchacho. Obediencia y cansancio; experiencia y vejez: ¿no será que cuando mucho se anda la verdad es lo hallado? Obediencia y cansancio; experiencia y vejez. ¿No será…? El ciclo, la duda, acostarse pensando siempre en otros besos, siempre en algo más… El gusanito que corroe: adiós casita, adiós linealidad de fulanito nació – creció – se graduó de tal especialidad – buscó trabajo – conoció mengana – se casaron – su primera casa – su primer hijo – su primer ascenso –la casa crece – la familia también – y ahora asisten a la graduación del vástago que pronto se casará – tendrá casa – esposa – hijos y asistirá a la graduación de sus hijos que–… Adiós al ciclo infinito de sentarse en casita, entre los recuerdos de una infinita vida con mínimas variaciones. Mínimas-mínimas variaciones.
Fue la enfermedad, la inadecuación, la maldita esperanza, la tormenta en el alma, fuimos simplemente nosotros. No fue la guerra, nunca fue la guerra. No fue el choque ni la incapacidad sino la indolencia de andar por la misma calle y saber siempre en que sitio terminaba, el hecho de leerse los libros conociendo los finales. No quedó más remedio que buscarse la rata, la salida inusitada, el riesgo de extraviarse en una selva que hace tanto no andamos, tratar de hallar, con más suerte que decisión, el túnel que negamos por angosto o por improbable. Mandarse a la mierda. Tirarse por la ventana. Aislarse de la pirámide perpetua construida desde nuestros huesos, desde los huesos de nuestros padres, y los suyos, y los suyos, y los…–¿y cómo es posible negarse, te preguntarás, al dinero, al auto, a la suprema posición, a la vida misma? ¿Cómo?– no lo sé, pero los siglos se nos fueron a un costado, perdieron su absoluta centralidad para con nosotros, y el cansancio nos vencía, el cansancio nos venció porque no pasaba nada. Nada para con nosotros que esperábamos tan poco: solo abrir la puerta y hallar otra cosa, hallar sencillamente cualquier otra cosa: un signo que nos guiara de una vez por todas, que nos brindara sentido para una búsqueda, para la angustia, la felicidad –esa otra mala palabra, esa otra…–, abrir la puerta en mitad de un aguacero y hallar, por ejemplo, el revoloteo acariciante de una gigantesca mariposa. Era eso, o más o menos eso. Esas pequeñas cosas que nunca ocurrían y que nunca ocurrieron.
Ese tipo de indicios.
Ese tipo de melancolía.
Ese tipo de estupideces.

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*texto publicado en la revista digital ‘La CAJA de la china’ no. 3, febrero de 2007. Pertenece a una novela inédita de Igor Wong Calixto. Ciudad de la Habana, 1976. Escritor y periodista. Ha participado en el Taller literario “Salvador Redonet”. Graduado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Obtuvo el Premio Ernest Hemingway 2001. Su libro “Paisaje de barcos calados en la Bahía” obtuvo el Premio Pinos Nuevos, 2002. Un relato suyo aparece en la antología “Nosotros, los que nos quedamos” compilada por el escritor Amir Valle.

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