Muñequita lee La piel y la máscara de Jesús Díaz* dentro del metro de Madrid. Lo tomó prestado de un librero donde se amontonaban otros ejemplares del mismo autor. Se entusiasmó con la lectura y va con el libro a todas partes, se ríe ante la mirada inexpresiva de los pasajeros.

«Si un libro te hace reír cuando se lo propone es un buen libro», piensa Muñequita mientras reconoce en el texto esos rasgos de cubanidad que a veces pueden resultar humor negro y otras el entramado de un lenguaje que desviste historias cotidianas.

El sexo, el amor, el éxodo, la distancia, el incesto, la cobardía, la traición, la intriga… cierta envidia le inspiraban los actores/personajes de la novela que pueden transfigurándose en la piel de otros, vivir la falacia consciente de otras vidas posibles dentro de ésta. Un viaje que los escritores transitan a través de la escritura, y el lector, como el jugador de Play Station, en la mente. La novela también es un viaje al Vedado, Marianao y Regla, caminar Galeano y escuchar el negro que estará todavía diciendo un piropo más grosero que galán, esa Centro Habana del bullicio, la Avenida de los Presidentes que lleva al mar. La Isla del autor de la novela es más que el retrato de una realidad, es la ingeniosa manera de construir un relato capa por capa, el trasfondo de esas películas que no se cuentan, lo que ocurre en camerinos, fuera de cámara, lo que no llegaremos a decir por miedo, los secretos a la vista.

Leer La piel y la máscara es entrar y salir de la ficción a la vida real, que es a su vez la ficción de la novela. Vivir sin máscaras es imposible, la literatura es otra mascarada que cubre el rostro del autor, piensa Muñequita y recuerda los guiños que va dejándole Díaz detrás de las palabras.

La novela es muy original estructuralmente, una película de Ingmar Bergman también se desarrollaba en una Isla, allí los actores hablaban de los personajes que interpretaban en la película, de cómo fueron construidos, de qué pensaban ellos sobre sus caracteres: un intercambio actor/personaje que llevado al cine resultaba experimental pero efectivo. La misma estructura escogida por el autor de La piel y la máscara para contar la historia de un grupo de cubanos que sobrevivían a la Cuba de los noventa intentando hacer una película.

La consciencia, sin embargo, de escribir literatura, es comprender que el tiempo contado en palabras trae nuevos retos, la repetición de tomas cinematográficas son escritas con el sentido del humor que un sueco sólo tiene cuando ‘se hace el sueco’ como decimos en Cuba, siendo también la ironía un punto a favor de la novela.

Lo interesante siempre será encontrar la manera exacta de contar ideas en el soporte idóneo, reflexiona la autora y escribe en el pensamiento de su personaje: la convicción de que el tiempo es el único capaz de otorgarle el valor a la literatura.

«Corten», grita Muñequita. «Esto me aburre, en todo caso pasemos a comerciales y deja que los demás saquen sus propias conclusiones…».

La autora sudo la gota gorda sobre la hoja. La tinta se corrió un poco y borró la frase mal construida.

_______________________________________________________________
*La piel y la máscara , Jesús Díaz, Anagrama, 1996.

Anuncios