Fidel Castro y las vacas en aire acondicionado. (Tomado de Youtube/Telebemba)

Yo nací en 1980, lo que combinado con el hecho eventual de haber nacido en Cuba, hace de mí una nieta legítima de ese engendro que es la Revolución Cubana, ‘El Accidente’ como dicen algunos…
Por lo mismo que la Historia siempre pasó por mí obligatoriamente. Con desgano aprendí que Martí era el apóstol, un dios en cada esquina bustificado, sin embargo, no podía escuchar plegaria alguna, pero era efectivo atribuirle cualquier frase o consigna y estaba en las monedas, ¿Martí o estrella?
Aprendí que aquel barbudo que presidió con su retrato una de las paredes de la casa de mi infancia no era familia mía ni mucho menos –por suerte–, y que no había que ser como el Ché aunque jurásemos diariamente lo contrario.
Muchas otras cosas aprendí con el tiempo, cuando dejé de ser tan niña y desapareció el oro de mi madre al mismo tiempo que el campo socialista. Los zapatos colegiales empezaron a verse ortopédicos, espantosos, porque ya todos no éramos iguales. ¿Lo fuimos?
Pero todavía sigo aprendiendo de esa historia mal contada de mi país. No me recupero de la inocencia, ella me sigue como un lastre, y aunque no quiera me asombran y horrorizan esas imágenes de una Cuba distante y surreal, el país de Alicia timoneado por un poseso que movía las fichas de país convertido en Monopolio de mesa.
Es tan triste que nos reímos a carcajadas, todos, nos reímos, también de nosotros mismos, de ese destino que nos tocó sin pedirlo.
Ese ganado que fuimos alguna vez, aún en contra de nuestra consciencia.

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