Era una mañana limpia y hermosa de otoño cuando abrí la ventana, me vestí con un poco de amarillo, y abrí el libro de cuentos en el relato ‘A petición de Ochún’*, muy propicio pensé casi con felicidad, con fe en que la Virgencita no nos abandoné jamás, pero cuando me bajé en Estrecho, una canción melancólica de Miguelito Cuní llegó a mis audífonos… en el mar de mi Cuba… en la oficina me sonreí con la ‘casualidad’ de otros trajes amarillos en mis colegas, pero el cielo fue tornándose gris, incluso en Madrid.
Por Cuba está pasando un huracán y ningún cubano sobre la faz de la tierra es ajeno.
Tampoco yo.
Ahora es de noche en Las Musas. Apenas unas fotos y videos nos llegan de la Isla. Mi madre me manda partes pormenorizados en copia telegrama, se sabe poco, se teme mucho, se calla. Lo que precede al paso de un huracán es un silencio de duelo.
Busco sin mucho éxito noticias nuevas, temo por La Habana, temo por cada pueblo o caserío de toda la Isla.
No logro escribir un pensamiento que se traduzca coherentemente, estoy rodeada de Cuba por todas partes.
Voy al salón y trato de ver la televisión. Están poniendo ‘The company’, una serie de los hermanos Scott sobre espias mundiales, y la recreación de Playa Girón llena la pantalla de supuestos cubanos cayéndose a tiros.
Nada me queda en la cabeza que exprimir para escribir un post. ¿Cómo lo hacen los demás?
Mi mente imagina a cada cubano mirando las noticias, afligidos ante las imágenes del satélite, llamando a los suyos, rezando, escribiendo peticiones, poniendo velas y resguardos, esperando que pasé el temporal.
Yo también espero que mañana vuelva a salir el Sol para todos.

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*’Cuentos de todas partes del Imperio’, Antonio José Ponte, Editions Deleatur, 2000.

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