Máximo silencio, de Giancarlo Neri.

Hay una noche en Madrid donde la gente decide pasarla en blanco. Eso en mi jerga cubana es augurio de no verla pasar en toda la noche: no tener sexo, no ligar, irse solo a casa. Pero aquí es pasártela despierto hasta el amanecer, como si la noche fuera blanca, luminosa, una noche que parece día. La noche en blanco.
Nos gustó la idea de ver a Madrid lleno de gente. Mareas humanas. Le gusta la marcha a la gente en Madrid.
En mi paisito la marcha era uno, dos, tres… Soldaditos de plomo como somos, para nosotros fiestar es diferente. En este territorio en blanco, gente de todas las edades camina como excelentes montañeros de ciudad tras las luces, los olores, los sonidos, la música. El plano en mano o la cerveza, en bicicleta o andando, cubren como hormigas inquietas plazas, museos, avenidas.
Nosotros también nos trazamos una ruta mental, había que buscar un pretexto para ir al Museo del Prado. Levantarnos temprano un domingo no es suficientemente tentador. Pero una noche de museo abierto desde las 21 hasta la 1 de la mañana se nos hacía agradable. Lo mismo le pareció a las muchas personas que aguardaban en la fila para entrar. Goya y Velázquez nos recibían como anfitriones de casa.

Siempre he sido renuente a los museos, soy una inculta bien disimulada, me gusta la vida mundana para quejarme luego de ella, pero eso es asunto de otra historia. Así las cosas tuve que reconocer que mi incultura encontró rival mayor en la fascinación que ‘Las Meninas’ produjeron en mí. Sólo estando frente ellas un incrédulo cae ante la magia de un artista esencial, un bufón de la corte que sabe transfigurarse en rey. Colocarse en el centro de mira, la pintura y la representación, el espejo de lo que vemos es el arte que propone esa ventana visual, y la técnica pictórica evidencia la supremacía del talento humano.
Luego Goya. Picaresca de una Maja vestida y luego desnudada, una mujercita de trazos con pincel que los ojos inquietos de los visitantes recorren con excitación, como se recorre la sensualidad. Guiños de museógrafo colocaban a la reina María Luisa y el rey Carlos IV en un posado malicioso frente a frente sobre enormes corceles, tan ingeniosa como la magia de un boceto junto al cuadro que lo precede.

Hubo arte italiano del Renacimiento y algo de Barroco, hubo cansancio en las piernas y reconocer lo genial que significaba el hecho de toda aquella gente reunida en torno a la cultura. Da igual si sabían que Goya había pintado la batalla del tres de mayo o si sólo se trataba de un paseo, valía la pena ver a una niña elogiando de muy guapa a la tierna imagen de una inmaculada.

Salimos a la calle para toparnos con el otoño en plena cara. La noche absoluta cubriendo Madrid con una luna llena colgada en el medio. Subiendo el Paseo del Prado encontramos una Cibeles plagada de los ‘Patos’ de deMO, Los ‘Besos’ de Teresa Sapey rebotaban de nuestros oídos hasta cubrir la pared del Palacio de Comunicaciones. pero era un poco molesto el muac muac…
11888, personificados, eran atacados por los transeúntes que se toman fotos con un ocho, intentando sin éxito separar a los 1 o tocándole una muela a alguno de los muñecos. Admiramos ingeniosa manera de hacer publicidad y a la persona real que estaba currando debajo de ese traje una noche de fiesta.
Mucho donde escoger, pero también era divertido irse dejando llevar por los pies.
En los Jardines del Templo de Debod nos sentamos a escuchar un mar nocturno que esta ciudad no posee y que se le concedió por una noche, flotando en el aire de la mano del artista norteamericano Bill Fontana. El sonido de las olas parecía escurrirse de entre los edificios.
Llegamos a los Jardines del Rey luego de ver la simple y eterna majestuosidad de unas ruinas egipcias. Como zombies de la luz buscamos la obra de Giancarlo Neri que se avistaba a lo lejos, junto al Río Manzanares otra laguna de luces de colores inundaba la noche.
Hubieron fuegos artificiales, hubo música que no llegamos a escuchar, funambulitas que no salieron por causa del viento otoñal y conciertos de jazz que no alcanzamos a escuchar, pero lo mejor era ver una ciudad viva con nosotros dentro.

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