Un hombre muere en París ahora mismo. Una mujer aparece muerta en Indonesia. Una turista belga es hallada sin vida en la habitación de un hotel. Un taxista será apuñalado dentro del coche. Una joven fue asesinada el día de su cumpleaños. Atropellaron a un perro. Una paloma se proyectó contra el monumento de la Plaza de la Merced. En las carreteras mueren diariamente cientos de personas en todo el mundo. Niños no llegarán a crecer por hambre y desnutrición. Las flores se secan. Los actores se suicidan en plena fama. La gente llora a sus muertos. Hacen duelo nacional. Ponen velas en los jardines. Enterramos a los animales. Recordamos con fotografías, hacemos misas, canonizamos. Tenemos sueños y espíritus protectores. Invocamos a nuestros ancestros. Creemos en el más allá…

Leo los obituarios de El País y recuerdo al vagabundo polaco, muerto de hambre y frío en la Plaza de la Solidaridad de Málaga. Apareció en las noticias de 20 minutos, junto a los titulares de “Listas paritarias en la universidad” y “Acoso laboral”. Otro hombre muerto en el anonimato. Sin un memorándum. La vida es una autopista hacia la muerte con escala en el mundo.

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Recordando al escritor norteamericano David Foster Wallace, quien se quitó la vida ⎯cuando otros mueren deseando conservarla⎯  y nos privó de su obra futura.