Hay gritos a lo lejos, afuera, por la ventana, pero me pongo los audífonos. Sí, sé que está mal, sé que cada día estamos más sordos. Nos han hecho demasiado daño. Preferimos que reine el silencio, o el bullicio de nuestros pensamientos. Preferimos pensar que no nos tocará, que no veremos las luces de las ambulancias, la cara del vecino en el telediario.
Odiamos la sangre derramada. Sentimos impotencia, pero no queremos morir.
En el hospital ‘Puerta de Hierro’ de Madrid un hombre está en coma por defender a una mujer agredida. La mujer ha negado ser victima de una agresión. El hombre en coma se convierte en un ‘entrometido’ y los gritos se alejan, se apagan, se funden en la noche.
Salir del coma otorgará la marca del bien sobre el mal que tanto pedimos a las buenas historias de ese cine que no se parece a la vida, pero no hay moraleja peor que saber cuanto nos alejamos cada día de ese grito de ayuda dentro de nuestra cabeza.
Recuerdo la violencia de La Habana, -el punto de referencia que conozco- aquellas calles ásperas, revueltas por reyertas multitudinarias. Alguna mujer con un machete en mano, atacando a otra. Algún hombre repartiendo palazos, gente que aguanta al adversario, que corre tras las peleas, se amontona a ver el circo, grita, se emociona.
Puedes taparte los oídos, puedes cerrar los ojos, congelar los latidos del corazón, pero la violencia seguirá ahí, junto a nosotros.
Dentro de la piel.