El mundo fluye continuamente: un hombre en Grecia está grabando un video para dejarlo en el espacio cuando viaje como turista a otro planeta. El artista Ernesto Leal en Cuba ya compró un terreno, su parcela ‘martiana’ (y que conste que no me refiero a Martí). Alguien está borrando datos de un móvil ajeno, pirateando información de un ordenador, robándose la agenda de un político, leyendo un libro prohibido. Un trompetista sopla tan fuerte que las partituras que está tocando echan a volar, se pierden a lo lejos por edificios madrileños.
Porque tú necesitas información…
Estos pueden ser 30 segundos de publicidad de un noticiario español. También pueden ser los titulares o simplemente pueden ser estas palabras. Pero algo es seguro, es el fluido del mundo.
A veces me gusta hacer zapping, sobre todo a la hora de la publicidad. Así que no culpo a nadie si quiere cambiar de post, porque está vez miraremos un poco de ‘anuncios’.
He tenido la suerte de acercarme sutilmente –desde abajo, que es como más descarnado logras ver en ocasiones– al mundo del diseño y la publicidad. Desde Cuba la visión era muy ingenua, (también es por el país, porque soy el resultado de un país, su Muñequita irrompible, que cree saber de todo y no sabe de nada que no sea su mundo: la isla sótano Underground).
En el Festival de Cine de La Habana hace años ponían spot publicitarios –como siempre apegados a los términos del ‘enemigo’–, recuerdo que eran anuncios de cerveza Cristal, desodorante Rexona, Ron Habana Club entre otras marcas; de la calidad visual no recuerdo nada, supongo que no eran recordables, pero al menos marcaban la diferencia, en el cine, de la total omisión de este tipo de publicidad en la televisión.
En Cuba no hay publicidad, la televisión pública (y única) de la Isla sólo tiene propaganda política y social, está última, siempre pasando por el filtro de la primera. Igualmente carecemos de referencias externas, no hay información de lo que es PUBLICIDAD, así, en mayúsculas, tenemos vetado el reino del consumo.
Dirán algunos por aquí: ¡qué suerte tenéis! Pues sí, tenemos mucha suerte de no tener que lidiar con una película interrumpida 10 veces por anuncios del Corte Inglés, Dolce & Gabana o Vodafone. Es una suerte no tener que ver una y otra vez los mismos anuncios que se quedan en la cabeza a la hora de dormir, y que hacen que algunos compren compulsivamente champús Pantene, cremas exfoliantes y comida para gatos. Es cierto, no tenemos esa plaga que es la teletienda, pero tenemos la Mesa redonda, las campañas para contrarrestar la automedicación –campaña surrealista: en las farmacias cubanas los medicamentos sólo pueden ser comprados bajo prescripción medica y a veces ni con ella logras acceder a un simple paquete de vitamina C–. Campañas para apoyar a esos ‘cinco héroes prisioneros en el Imperio’, y algunos anuncios de conciertos. De la factura visual mejor pasemos página como si le diéramos rápido al mando y cambiáramos de canal. La Televisión cubana parece venir de otra dimensión del tiempo, la imagen es inevitablemente opaca, distante.
Pero hacer zapping en Cuba no sirve de nada, cada canal es una mimesis del otro, en todos te ‘venderán’ la única historia posible. La de ‘ellos’.

Desde el Mundo los que sintonizan el ‘canal’ Cuba auguran cambios. ‘Cambios’ dice estar haciendo el nuevo gobierno, pero como mismo ni los que miran saben muy bien lo que ven, el gobierno no es tan ‘nuevo’, (más o menos seis años se llevan un presidente de otro, menuda juventud a una suma de iguales convicciones inamovibles). La sensación de que en mi país nada se disloca o regenera es una condición casi celular de mi pensamiento, la raíz está malograda, lo que pasa no deja de asombrarme, pero es sólo momentáneo, hay mucha inutilidad y desdén en esas pequeñas libertades inalcanzables, por falta de otras esenciales.
Nada me extrañará que pronto algunos anuncios de publicidad sobre telefonía móvil, ordenadores y puntos de venta de microondas desfilen sutilmente por la pantalla de los televisores chinos de miles de cubanos. Se alegrarán claro, siempre un poquito de fe, unas gotas, no mitigan la sed, pero alegran al que cree, por ingenuidad o por resignación, que están haciendo algo por él. A otros les dará lo mismo, hay quienes tienen preocupaciones más difíciles y saben que todo eso es ridículo, como lo fue mucho antes cualquier absurda limitación. Como me dijera una amiga en un mail hace sólo un día: Esto está peor que como lo dejaste.
Mientras vamos haciendo zapping de un sueño a otro, los de adentro imaginando como es el mundo afuera, todavía inexistente para muchos como para los hombres que nunca han visto el mar. Los que arribamos a esta realidad fuera de Cuba estamos como zombies que resucitan a la vida, esos bebés gateadores que pasan, como escribiera Iván de la Nuez, bajo una terapia de choque, del hogar imperfecto a la intemperie perfecta. Desgajados, en fin, de su pequeña vida anterior para entrar en la supervivencia inabarcable.
Estigmatizados por una condición que nos rebasa, el hecho de sentir que eres el resultado de algo que no elegiste, que te tocó ‘por la libreta’, desde la primera edad donde, como esos niños que ahora escucho gritar como gaviotas en el receso escolar, éramos muy pequeños para entender que ese ‘mundo nuevo’ había caducado mientras seguíamos mirando muñequitos rusos que ni los mismos rusos veían.
Hoy sé que ese mundo prometido no es más un dinosaurio de tierra desmoronado sobre el Mar Caribe, mientras los turistas siguen comprando banderitas con el Ché y maracas en la Catedral y la gente habla mucho pero aquí no pasa nada, como dice la canción, aunque ahora se desdibuje mi ‘aquí’ en una doble condición: estar lejos, pero pendiente de que haya algo más que vana publicidad de esos ‘cambios’ que deseamos ver ante nuestros ojos.