El invierno llegó a España de un día para otro. Pasamos del yérsey al chaquetón polar, de la brisita otoñal tipo aire acondicionado a este frío descojonante que hace que todo el mundo se disfrace con mil capas de ropa.
He de reconocer que me gustan algunos de esos disfraces, las bufandas por ejemplo, en Cuba jamás me puse una, casi puedo afirmar que es innecesario. Algún que otro friesillo hace entre noviembre y febrero, y la gente aprovecha para sacar los mismos abrigos de todos los años. Mi madre me ha escribo contenta porque han anunciado en la tele el primer frente frío de la temporada, a ella le gusta el invierno, bueno, aquel ‘invierno’ que se parece al otoño de aquí. Le gustan las prendas de manga larga, las medias, dice que la gente se ve más elegante, y es verdad, La Habana adquiere cierto glamour.
Pero la fantasía es temporal, la pesadilla de aquel lema ridículo es una realidad: ‘Cuba es un eterno verano’, y no precisamente porque ‘estemos de vacaciones el año entero’ (tema de otra historia), sino por aquel clima opresivo, húmedo y caluroso que hace sudar a mares como si la vida transcurriese dentro de una caldera en ebullición.
Quizás parezca que no tengo nada mejor de que escribir y por eso hablo del clima. Puede ser. También puede ser que esté saturada de todo hasta la médula, que me importe ya muy poco la literatura –hoy al menos– que estoy post-triste y post-cansada, que estoy relajada en mi butacón que no es mío sino del casero, en mi eMac que no es mía sino prestada, en mi casa que no es mía sino del español que me la alquila, en este país que no es mío y que no quiero que lo sea porque para bien o para mal, mi país es y será siempre Cuba.
Es una paradoja, ya lo sé. Vivo conscientemente un proceso de metamorfosis, ¿si no quiero que España sea mi país que hago aquí? ¿Si no puedo olvidarme de Cuba porque no quiero volver ni a palos? ¿Por qué me siento abandonada si soy la que abandona? ¿Por qué siento a Madrid tan mío y me aferro con todas mis ganas a este mundo que no se deja querer, que me obvia y me anula? ¿Por qué me preocupan menos mis 4 grados sin edredón térmico que ese invierno cubano que sufrirán los que todavía miran las estrellas a través de la ausencia de techo que el huracán dejó? ¿Qué pasará con los que lo perdieron todo, también esos únicos abrigos, esa única manta? ¿Qué pasará con mi pueblo triste, resignado, dispuesto a sobrevivir en vez de vivir? ¿Pasará algo? ¿Pasará?
Preguntas en una noche a 4 grados cuya única respuesta está –si la hay– en que yo me acueste y sueñe con un futuro que no sabré visualizar, porque sólo el paso del tiempo tiene las respuestas.

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