A la memoria de mi abuelo José Lau

Una chinita miniatura comía galletas frente a mí. Tenía un gorro puntiagudo cubriendo su pequeña cabeza de pelos extra lacios. El gorro era carmelita con una flor bordada que la niña lleva hacia atrás. A la derecha la madre, con un gorro rosa tejido, demasiado infantil, con pon pon incluido en la punta. A la derecha el abuelo de la niña, con mirada soñolienta.
La chinita me hacia gracia, no podía dejar de observarla. Quizás es que se me había gastado la batería del ipod y no podía escuchar música, tampoco me apetecía leer, a la vuelta del trabajo tengo los ojos tan cansados que los cerraría si no me pareciera incómodo viajar dormida en el metro, a merced de cualquiera. Por eso, no tenia otra cosa que hacer que mirar a aquella niña de tres o cuatro años que parecía más bien un bichito, un muñeco de cuerda, algo increíblemente cómico en ese momento.
Es cierto que los niños chinos no son muy lindos, en realidad la mayoría de los niños si te fijas bien son desproporcionados, con grandes dientes de conejo, con orejas que parecen aeroplanos. Pero también hay en ellos un encanto ambivalente que termina conquistando a veces a la gente más reacia, alérgica a los niños, como yo.
De los chinos se dicen muchas cosas, hasta de su poca higiene se ha hablando. Por eso me sonreí al ver como la madre de la chinita impidió que ésta se comiera un pedazo de galleta que cayó sobre el asiento.
Ante cada expresión de la niña la madre y el abuelo reían. La madre le enseñaba a pronunciar el nombre de las estaciones, asombrosamente, en perfecto español. Cuando hablaba con el viejo lo hacia en chino. La expresión de él se iluminaba mirando a su nieta.
Me encontré con mi rostro serio en el cristal y algo me apretaba la frente, dentro del cráneo, en el medio del cerebro, enviando sin querer casi lágrimas inoportunas. Recordé a mi abuelo chino. Ese abuelo que nunca conocí.
Me sentí muy cerca de aquellos tres pasajeros que formaban un cuadro cotidiano frente a mí, una vida ajena, un universo que compartía ese mismo espacio que yo y que a la vez parecía de otra dimensión inescrutable.
La niña se levantó al reconocer por el altavoz el nombre de su estación: ¡Simancas, simancas, simancas! Gritaba. La madre la miraba sonriendo. La chinita se levantó del asiento y agarró las manos de ambos: abuelo y madre que aún jugaban a que no era esa la estación.
Cuando se fueron quedaron los asientos vacíos, mi imagen no-china en el cristal y ese extraño sentimiento de añorar lo que jamás he tenido.