A veces hay pequeños instantes de soledad que disfruto y necesito. A veces no quiero escuchar más que el sonido mudo de mis pensamientos. Ver la gente pasar, los coches ir y venir por la avenida. El Sol entrando y saliendo de las nubes. El mundo moviéndose con su gravedad habitual mientras yo me siento en un parque a fumar un cigarro.
Cuando terminé de desayunar me dispuse a preparar el primer cigarrito y descubrí que no tenía papel de liar.
Catástrofe, un sábado a las 13:00 sin papel ni picadura, ni filtros. Me vestí a toda pastilla y salí antes que cerraran el estanco, en mi barrio los sábados sólo funcionan hasta las 14:00 horas. Afortunadamente hay uno que me queda muy cerca, así que en pocos minutos ya estaba frente a la dependienta pidiéndole: un paquete de ‘Pueblo’, filtros, y papel smoking.
Mientras la entrega se hacia efectiva repaso con la vista las diversos tipos de tabaco de liar, he estado pensando en cambiar de marca –más allá de la aversión que me provoca la palabra pueblo, o de que quise escapar de ser aquel «pueblo heroico» cuyo vivir por la patria es morir, y terminé formando parte de otro «pueblo», este tabaco se reseca demasiado–, pero las demás marcas no terminan por convencerme.
La dependienta me entrega el pedido dentro de una bolsa en el preciso momento en que lo descubro a él, desde uno de esos paquetes de liar, con su ‘boina calada’, el Che también está en los paquetes de tabaco… Pero ése no lo compraría aunque la curiosidad me mate. Por el momento sigo con ‘mi pueblo’, el tabaco de algunos amigos de mis amigos, el de la gente joven y sin un duro, como yo.
Es absurdo sentarse en esta esquina cuando estoy tan cerca de casa y hay frío. Aún así me siento en el único banco al que le falta una tabla, y como un flachazo recuerdo los bancos del Parque Central, que había que sondear a ver como te sentabas sin hundirte entre dos míseras tablas supervivientes.
Cada vez que estoy liándome un cigarro alguien pasa y me mira raro, como si estuviera cometiendo un delito. En el trabajo bromean con que son porros. Eso deben pensar algunos ignorantes o moralistas que juzgan sin saber, pero a mí me da igual, yo me hago mi cigarro y lo enciendo para degustar su sabor medio dulzón y pienso en que las pequeñas rutinas son muy curiosas…
En La Habana hacia un recorrido parecido para comprarme una cajetilla de L&M, contradictoriamente en ese entonces fumaba un tabaco que aquí es más caro. Lo compraba clandestinamente a 25 pesos cubanos la cajetilla (para quien no sepa, menos de un euro), a una familia que tenia negocios con los marineros a quienes le dan esos cigarrillos por la cuota. Era en un edificio cerca de mi casa, frente a la Avenida del Puerto. A veces un arranque inconsciente me hacia sentarme en la Alameda de Paula y mirar el mar encerrado en la bahía, los barcos, la gente que viene y va siempre, y fumar, como fumaba hoy mirando una avenida de Madrid y disfrutando de esa intimidad con la ciudad. Esas cosas minúsculas que hacemos y callamos, como si de un secreto se tratará.
Terminé de fumar y crucé la gran avenida que en un punto coincide con el estadio de la Peineta. Iba inexplicablemente feliz y no era por el humo, ni por haber llegado a tiempo al estanco ni por la soledad.
Era reconocerme en Madrid, y como una pantalla en mi mente, estar sentada frente a la bahía de La Habana. Esa bahía donde tanto pedí a Yemayá que me trajera hasta aquí. Esa bahía que hoy extraño por dentro.