(Mi abuela y yo, la última vez que la vi, 2005)

8:00 AM: suena el despertador y quiero quedarme en el sueño, agarrarme a él con todas mis fuerzas, no quiero soltar la mano de mi abuela. Despierto con esa sensación de vaciamiento que el reconocimiento de los sueños nos deja a veces.
Lindomar también soñó. Me cuenta su sueño y yo le cuento el mío. Él soñó con volver a Cuba y yo con mi abuela Onelia.
Era un sueño raro, yo había asistido al funeral de alguien, el segundo funeral en un mismo sueño. Alguien joven como yo había muerto y mi tristeza era incurable. Me abrazaba a mi abuela y le decía: «¿por qué muere tanta gente joven?» Rompía a llorar entre sus delgados brazos y su figura diminuta me abrazaba consolándome. «Te quiero mucho abuela», le repetía sin dejar de llorar cuando Lindomar me despertó.
Hay sueños que se repiten inexplicablemente –bueno, quizás hayan más explicaciones de las que mi mente soñadora puede percibir–, y lo que es más, no sólo se repiten en nuestros sueños personales, sino que forman parte de un conglomerado de sueños colectivos que muchos padecemos luego de determinadas circunstancias.
Después de la muerte de mi abuela la he soñado repetidas veces, quizás en el reproche por no haber estado junto a ella hasta el final y poder decirle cuanto la quiero, quizás porque le echo de menos, porque fue poco lo que pude darle, porque una parte de mi infancia existe con su recuerdo…
Supongo que son de esos sueños que quedarán siempre rondando en mis noches, como esa vuelta a Cuba que ha veces se torna pesadilla y otras alegría, sueño recurrente que compartimos todos los que una vez nos fuimos y aún no hemos vuelto. ¿Por qué nos juega esas tretas el destino?

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