Vivir en una isla tiene algunos padecimientos, entre ellos la sensación de que, al margen de sus orillas, el horizonte contiene únicamente agua. El hecho de estar sitiado por el mar -isla zulo, isla muro, isla gulag- llega un punto de inflexión donde el mundo lo fabricas tú. O se muere la esperanza.


VIAJAR POR ESOS OJOS*
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Ella olía a sándalo, a esencias orientales, a telas de la India, a perfumes caseros mezclados con hierbas del jardín. Tenía un nombre dulce, la mirada tímida, sencilla, apasionada. Sirvió café, prendió la grabadora y apuntó esa mirada sobre mí. Comenzaron las preguntas.
Mi boca respondía las preguntas de su boca, mientras mi mente quería entrar por el agujero de esos ojos negros y perderse en otra dimensión detrás de esa mirada. Atravesar el mundo y caer del otro lado del océano, entregar mi cuerpo, mi cabeza y la persona que yo era hasta ese instante, entregarlo todo a ella; no existir más que a través de esos ojos. Como aquella película de John Malkovich, yo quería viajar por ella, no por dentro de ella, sino a través de ella, por los lugares que esos ojos recorrían.
–Los escritores son personas que viven del secreto, ¿no crees? –me preguntó con ese extraño acento gringo.
–No sé –dije desde la distancia de mis pensamientos (¿se podrá realmente tener secretos?). Entonces recordé aquella otra película: La vida secreta de las palabras. La vida del silencio, de lo que no se dice– Creo que no, que los escritores viven justamente de la pérdida de los secretos. En todo caso viven de las revelaciones. A mí me gusta pensar que cada libro es un secreto que me cuentan, porque de todos modos, ¿para qué son los secretos sino para vivir la tentación de revelarlos?
Yo, desde esos ojos, aterrizo en medio de una calle de Manhattan. Dentro de ellos siento el gris azuloso del cielo contra los cristales, el blanco brillante de la nevada, el violeta, el naranja, el negro en las sombrillas, los abrigos y las gabardinas, el rosa pálido en las mejillas, el púrpura de aquella bufanda de mujer que ondea al aire frío de esta mañana. Ese púrpura que se vuelve un punto ínfimo en el horizonte, y la visión se empaña, se nubla. Una gota de lluvia me devuelve a mis ojos.
Tenía un nombre dulce, la mirada tímida, sencilla, apasionada. Vuelvo a pensar en ella en un obstinado intento por regresarme, cuando ya no es posible. Ya me salí del todo, estoy de vuelta. Los pies sobre las calles negras de La Habana, los ocres edificios, el estridente cielo azul. Sin nada púrpura en el aire. Sin nieve.
Nunca más vi aquellos ojos después del día de la entrevista.
Aún espero otra oportunidad de iniciar un viaje por alguna mirada persa, asiática, española. Por otros ojos extranjeros que, como un puente, traigan de vuelta esos colores inimaginables que existen en el mundo.

*Lien Carrazana Lau, 2007, del libro ’33 segundos sobre un tobogán’, Premio Nacional de Narrativa Francisco (Paco) Mir, 2007.