(Life/Google)

El malecón es el emblema de La Habana, todo el mundo quiere sentarse en ese muro y contemplar el límite de mi país, ese diván de concreto que tantas historias ha visto.
Hace días vi un video que me sorprendió, me di cuenta que la ciudad que yo conocía ha cambiado, porque el tiempo en Cuba transcurre, aunque sus habitantes sientan lo contrario.
Me sobrecogió ver ‘La Isla de los Galápagos’, como le llaman a ese fragmento de malecón donde los gay de La Habana han plantado su territorio, donde los jóvenes se prostituyen a la luz del día y en la oscuridad de la noche, donde se besan los hombres sin pudor de los transeúntes.
Quizás para un lector no cubano está historia no le diga mucho, en Madrid es cotidiano ver parejas gay besarse en los parques, caminar de la mano por las calles, pero lo cierto es que por mucho que Mariela Castro enarbole la bandera multicolor, y con la venia del poder familiar organice eventos, apadrine travestis y promueva la diversidad sexual, Cuba sigue siendo territorio homófobo, y lo que es peor, la negación de la existencia de esta y otras discriminaciones convierten en delito lo que simplemente es manifestación de una condición humana.
Mientras en el malecón del pecado, siguen los jóvenes vendiéndose por unos cuantos billetes, por unas cervezas, unos buenos adidas, por desahogarse del tedio, de la apatía, de la miseria. Siguen los policías cobrando su gravamen por dejar circular a putas y pingeros. Sigue el gobierno mirando a otro lado, ¿ojos que no ven, corazón que no siente?
Eufemismo absurdo, el malecón los exhibe impúdicamente, muriendo de indiferencia ante los ojos del mundo.

(Reuters)

Cuento
[00:00:14]

TÚ, QUE TIRAS FOTOS EN EL MALECÓN

(…)Alta peligrosidad,
es mi Charanga con un sello diferente,
que yo traigo la razón y te regalo la verdad,
lo que tengo ni se compra ni se vende(…)
CD. Soy cubano, soy popular. Charanga Habanera.

Somos felices aquí, con ese color azuloso en todo lo que miras. Es el reflejo del agua en las cosas. Ese muro, que no se cansa de ser muro, reteniendo el mar de todas las historias.
Ella, aquella, la del vestidito hecho a mano, suda con la espalda al Sol del Trópico. Puede que ahora mismo esté teniendo un sueño contigo donde te derrites de amor por ella. Los sueños son desperdicios que recogen los deambulantes. Pero estamos bien aquí, bajo el Sol y sobre el muro, escuchando a la Charanga Habanera en la radio del driver-bici-taxi, abrazados a la soledad del frío Trópico, una paradoja llena de gente, sudor, calor y tú, que tiras fotos en el malecón.
Ahora alguien le dio un beso a ella, aquella, la del vestidito hecho a mano, otro, no tú, pero si como tú, se la lleva en el bici- taxi del driver que oye la música de la Charanga, trasculturando la esperanza de ella con regalos para sus cuarenta hijos o para los cuarenta que vendrán con los regalos. Y nosotros aquí, feliz engendro de este muro que maúlla frente a las ruinas del paraíso, los perdemos de vista, a ellos, los del bici- taxi, y tú perdiste la caricia esquimal de ella, aquella, la del vestidito… ¿Eres maricón?
Il prezzo di un uomo comincia dove termina la sua onestà…*
Nos dices tonterías. Eso no te queda bien. Que no te gustará aquella lo entendemos, pero no nos digas que no quieres una puta para ensayar la bestia de dos cabezas, italiano apático, no tienes nada de romano, eres un soso con corbata.
Por eso te dejaremos solo. Nos vamos por ahí, a emborracharnos y a bailar con el dinero que nos diste por acompañarte. Quizás hasta nos templemos gratis a alguna puta vocacional, sí, porque las comerciales, baratas o caras, son y serán para ti, aunque sigas pegado con goma al malecón. O, al menos, para otros como tú, pero no para nosotros, que somos felices aquí aunque odiemos el malecón: principio y fin de todos. Y tú, que tiras fotos para creer que viajas.

*El precio de un hombre comienza donde termina su honestidad.
Lien Carrazana Lau, 2007, cuento del libro ’33 segundos sobre un tobogán’.

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