El emigrante en potencia que casi todo joven cubano es, tiende a pensar que la solución a todos su problemas es irse de Cuba. La ignorancia, la ingenuidad, la desesperación y el desconocimiento del mundo le llevan a esa conclusión. Yo fui también una joven ingenua que quería irse a toda costa, ver el mundo negado, tener otro futuro posible y no áquel que se dibujaba en el día a día de una ciudad agonizante frente al mar Caribe.

Nadie te regala un manual de instrucciones o coordenadas a seguir, y por mucho que uno intente desde esta nueva postura entregar ese breve conocimiento del mundo, es inútil y absurdo decirle a ese futuro emigrante: piénsatelo bien, el mundo no es ‘color de rosa’.

Vivir en aquella Isla te dota de tanta resignación y amargura que la gente desea lanzarse al mundo como quien se lanza al océano, al vacío, al suicidio asistido, hacer lo que sea, la frase redundante. Pero ¿verdaderamente se quiere y se puede y se está dispuesto a hacer lo que sea?

La mayoría por un motivo u otro sí. Como dicen algunos ‘sobrevivientes’: el tráfico es de allá para acá y no viceversa. Pero también se puede decir cuando se tiene ya un pasaporte español, una ciudadanía del mundo, ‘una casa, un carro y una buena mujer…’, cuando se sobrepasó la tortuosa crisis inicial.

Empezar de cero, estar en ese punto en que tienes a veces ganas de cagarte cien veces en todo, y en todos, en que te congelas en invierno (Más de la mitad de los inmigrantes viven sin calefacción), en que no tienes dinero para otra cosa que no sea comer, tomar el metro, pagar la renta y los gastos, en que tienes que soportar que tu casero haga y deshaga, elija quién vive o no contigo; esos momentos en que te sientes por debajo del nivel cero y tienes que echar para atrás el casete y recordar esa cabrona frasecita: hacer lo que sea… ¿para qué?

Habrá quienes se pregunten eso y no encuentren demasiadas respuestas.

Al menos yo puedo decir que en este país me siento libre de estar escribiendo en este blog lo que pienso, sin medir las palabras, sin pensar que con ellas alguien puede censurarme o no, me da igual, ahora sé que tengo derechos y por esos derechos quiero hacer lo que sea. Pero sobre todo, hacer lo que ‘quiera’, a fin de cuentas, elegir, hasta los límites de mis posibilidades.

Para la mayoría de los cubanos el aprendizaje de ‘compartir piso’ es nulo. En Cuba nos quejamos de vivir con los padres y los abuelos, de no poder independizarnos aunque tengamos nietos. Familias enteras viven hacinadas en viejos caserones o en nuevas cajas de concreto estilo microbrigada.

Al mes de aterrizar aquí tuve la suerte de encontrar un buen trabajo de diseñadora en Málaga y gracias a ‘mi buena estrella’ (repito, no es así la vida del emigrante, en lo absoluto), me ofrecieron casa hasta que encontrase piso. Por no abusar en un fin de semana decidí entre unos cinco alquileres vistos. Confieso que me parecía extremadamente raro compartir casa con desconocidos.

La primera noche que dormí en la pequeña habitación del sombrío apartamento en el barrio de ‘La Luz’ me sentí extraviada, los sueños se descomponen con la realidad, se desdibujan. Más tarde comprendí que nada es como mi mente ingenua deseaba, allá, sentada frente al mar de La Habana. Pero eso es asunto de una historia mucho más larga.

Desde ese punto hasta hoy ha pasado un año y diciembre se agota en este piso frío de Las Musas madrileñas. Buscamos nuevamente alquiler.

Hoy hemos ido a ver un piso en Argüelles.

Me decía a mí misma: no sueñes, espera a ver para que no te decepciones, pero el Google maps trae trampa y te lleva a la calle con foto localización, y te paras frente a la puerta, casi puedes entrar…

Bonito barrio, lleno de tiendas y luces. 475 euros con todo incluido sonaba bien, pero al llegar…

Un tipo que decía ser de Montreal y bromeaba como si uno no supiera donde coño queda dicha ciudad canadiense… (además con un acento castellano imposible para ‘un angloparlante’) nos mostraba un piso de cinco habitaciones donde vivían una belga, un italiano, tres argentinos y el pretendía que nos sumásemos nosotros…

Quizás a alguien la historia le siga sonando bonita por tanta multiculturalidad, pero si agrego: humedades en la pared, manchas por doquier, paredes despintadas y descolchadas, muebles rotos, cacharros de cocina negros de hollín, un único baño fatal, puertas sin cerrojos que no cierran bien… aquello parecía un basurero, un tugurio, una pensión de mala muerte, todo era viejo, roto, feo, desvencijado.

Era tan deprimente la estampa que salimos estupefactos.

Me costaba entender como podían esos europeos estar allí en esas condiciones. Rocordaba esos solares de Cuba donde la gente usa baños colectivos, que dicho sea de paso, están casi en extinción, ya sea porque se caen o porque la gente tiende a construir dentro de su cuartico un mini estudio. Pero esto…

Esto que les cuento me indigna. Me indigna que pretendan rebajar a la gente a situaciones que ellos serían incapaces de vivir (el propio arrendador confesaba vivir en Móstoles y pagar 500 euros, pero tener hasta ‘jardín’).

Ya sé que los sueños sólo son fantasías que uno construye para darse ánimos, quimeras que pueden o no materializarse, pero tengo algo seguro, no he vivido así en La Habana (y vivía en un cuarto con barbacoa), y no he venido de tan lejos para vivir así.

Continuará…

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