El 16 de diciembre del 2002, en una noche inusualmente fría en La Habana, peregriné al Rincón en la víspera del día de San Lázaro. Iba por inercia. Estaba triste, sola, aunque rodeada de gente conocida y desconocida; el año finalizaba con incertidumbre y vacío.



Recuerdo que me impresionó la fe masiva, una muchedumbre marchaba con velas y flores, mujeres, ancianos, niños y hombres hacían promesas, arrastraban enormes pedruscos, dormían a la intemperie para aguardar al día siguiente y cumplir sus promesas ante Babalú.
Yo era entonces una incrédula. Y no pienso que ese día haya detonado en mí un cambio de fe, pero me impresionó, me abrió los ojos a un mundo religioso que no conocía.

Ahora soy muy distinta a aquella muchachita de 22 años que no creía en nada. Digamos que sé que detrás de las cosas intangibles puede ocultarse un orden espiritual, una energía mágica. Digamos que lo sé sin que medien explicaciones. No sé explicar algunas cosas que vienen directamente al sentimiento.
Este 17 de dicimbre de 2008 ha sido un día bueno, ajetreado, sorpresivo.
Desperté en la mañana escuchando el ‘Babalú‘ de Miguelito Valdés. Me vestí desde bragas hasta jersey de violeta y caminé rumbo al Metro pidiéndole al viejo Lázaro secretos que son sueños, que son anhelos, que son deseos.
Y de un modo inexplicable sé que él me ayudará a cumplirlos.


(Las imágenes pertenecen a Getty Images y Reuters, fueron realizadas este 17 de diciembre en el Rincón, La Habana)