A propósito de la Serie Nacional de Pelota que acontece en estos momentos en Cuba

Un rugido de gente. Voces mezcladas que se levantan por las paredes y escalan hasta el cielo. Zumbido atroz de voces masculinas.
Me asomo a la terraza.
Hombres que vociferan en la esquina, en mitad de la cuadra, en la esquina siguiente, gritan unos sobre las voces de otros. Sus caras son de descontento. Escándalo que no denota alegría sino enojo. Gesticulan como si quisieran sacudirse el enfado. En los balcones la gente se asoma.
Perdió Industriales contra Santiago de Cuba. Los gritos lo confirman.
La barriada de Belén está de luto. La Habana toda. Sólo los orientales recién llegados a La Habana celebran sin miramientos, ante los insultos reprobatorios del resto del vecindario.
Ese vecindario mío donde casi todos son emigrantes, la mayoría de las provincias orientales, incluso de Santiago de Cuba, aplatanados desde hace mucho en La Habana, industrialistas adoptivos que abuchean a sus compatriotas olvidando esa tierra caliente de donde salieron para no volver. Reafirmando esa absurda superioridad que simplemente los debilita.
Yo no soy ni de Industriales ni de Santiago. Nunca fui al estadio, me aburren tantos innings, no entiendo que es un strike, un doble play. No me gusta el béisbol, y eso es pecado en este país de peloteros.
Pero no me importa, no quiero ser parte de ese ‘Pan y Circo’* con que nos entretienen detrás de una pelota para no pensar en lo que de verdad nos duele.

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*Este texto lo escribí en el 2006, cuando vivía en La Habana Vieja y era testigo de eso, que redefinido mejor por Lindomar, es ‘Circo y Circo’, ya que el Pan -descontando la masa amorfa de 10 centimos de la bodega-, es otro faltante en Cuba; porque yo no tengo nada en contra del deporte, pero sí de la enagenación forzosa y de la miseria cotidiana.