(El día que nevó en Madrid, mi primera nieve, desde la esquina de mi casa)

Hola a todos:

No he dejado de existir aunque parezca que me he ido junto al año pasado. Tampoco he dormido desde el primero de enero hasta hoy, simplemente he entrado al año nuevo subida en una montaña rusa. Todavía sigo en ella, mareada, eufórica, con ganas de bajarme, con ganas de disfrutar…
Este año me ha traído cosas buenísimas y otras terribles con sólo pocos días de haber comenzando.
Me he logrado mudar finalmente. Año Nuevo, casa nueva. Ahora vivo en Cartagena, pero no de Colombia, sino de las inmediaciones de Avenida de América en Madrid. Barrio de la Prosperidad. Ojalá un poco de esa prosperidad se nos pegué.
Atrás quedaron las frías mañanas de Las Musas desde donde se veían al final del horizonte las montañas blancas de la Sierra. Atrás quedó la luz del Sol entrando por los cristales de la habitación, ahora vivo en un sótano, pero estamos SOLOS, porque atrás quedó, sobre todo, esa desafortunada circunstancia de compartir piso con extraños.
El nuevo estudio posee ruidos ocasionales que me remontan a la Habana Vieja, cuando vivíamos pared con pared con vecinos escandalosos. Ahora en vez de orientales llegados de Santiago o Guantánamo, son ecuatorianos tomadores de litronas y tocadores de acordeón. Pero al menos no están inscritos en CDR alguno, y hay derecho al pataleo si uno lo decide, porque hay derechos. Pese a esos ruidos fortuitos me siento feliz en mi nueva cueva porque tengo la sensación de controlar mi vida y no de ser vigilada por un casero maleducado que aparecía cada vez que le daba la gana. Porque ya no tendré que lidiar con rumanos, africanos o portugueses que no quieren limpiar, o son escurridizos y socarrones. Porque en estos escasos metros cuadrados son mi territorio, al menos por un tiempo. Y en ese sentido las cosas recobran un curso más sosegado.
Confió en este año, tengo fe en que será intenso, dinámico, cambiante, y no hablo de mi vida, pienso y deseo en voz alta un año mejor para Cuba, un año mejor para todos los cubanos en cualquier rincón del mundo, un año mejor para mis amigos, para mi familia, para los que se llegan por aquí de vez en cuando y leen un poco de mi mundo. Deseo un año mejor para España, no quiero ver tantos parados en la tele, no quiero oír más la palabra crisis…
No siento el terror de los españoles ante esta economía en recesión, he vivido toda mi vida en un país en crisis, quizás por eso y porque sé estoy empezando de cero, aguanto este invierno en negativo con un calefactor eléctrico, obvio las vidrieras, uso ropas pasadas de moda y disfruto simplemente descubriendo las calles de Madrid.

Este es el segundo fin de año que paso fuera de Cuba, y celebro seis horas antes la llegada de un nuevo año, sin aquellas ridículas palabras de Fidel Castro leídas en la televisión por un locutor, sin el Himno Nacional precediendo esas palabras vacías, sin que tergiversen mi felicidad y la manipulen, porque no hay derecho a imponer 50 años de los deseos de un hombre, y que esos deseos aplasten los de 11 millones de cubanos, los de una nación toda, también mis deseos.
Estando lejos, sólo he logrado escapar de cierta angustia, de la mudez, del miedo, y aunque es bastante, no basta porque no se puede escapar de uno mismo. Porque Cuba es mi maldita circunstancia…

En el metro una anciana lee el periódico, ‘50 años de revolución según Fidel’, es 5 de enero y todos los periódicos españoles hablan de mi desgracia, miro de reojo el periódico, palabras como dictadura, promesas incumplidas, saltan a la vista, pero aparto los ojos. Detesto que lean de lo que estoy leyendo, así que no caeré en lo mismo. Sobre todo porque nada de lo que ahí se diga será revelador o nuevo, me produce tristeza ver como el mundo lee los 50 años de mis miserias, de las miserias de mi gente, de los míos, del lugar de donde vengo, y pasan página, y ya.
El periódico pasará de mano en mano y acabará en la basura.