Acabó enero, pero no lo que este nuevo año me ha traído de extra para agobiarme, algo que me ha impedido seguir con la periodicidad del blog. Anímica y físicamente no me encuentro bien, y apenas me alcanza la energía para el trabajo cotidiano, comer y dormir, lo elemental digamos. Espero con ansiedad, y a veces con desespero, que esto que ahora me perturba desaparezca, pero mientras tanto, hoy quiero hacer un esfuerzo, y escribir un poco.

Esta mañana ha vuelto a nevar en Madrid. Nos levantamos a las 10 y dudamos en ir a la Puerta del Sol, pero me hacía mucha ilusión, era la primera vez que asistiría a una manifestación política sin ir obligada por nadie, simplemente porque era mi deseo.

Al principio de llegar a España miraba con envidia a los manifestantes de cualquier cosa que se aglomeraban por las calles de Málaga para protestar por aquello en lo que creían. Yo nunca lo había hecho hasta hoy. Mi recuerdo anterior de asistir a una marcha en Cuba es de la secundaria, cuando nos llevaban como rebaño, obligados, cargados de banderitas de papel que luego formaban una marea en el piso y terminaban en la basura, mientras nosotros huíamos en la primera oportunidad. Creo que era primero de mayo, y yo demasiado joven para entender que eso era un completo absurdo. En aquella época lo veía como una cosa normal, íbamos porque todo el mundo iba. Las marchas del primero de mayo existían antes de yo nacer como existía, como algo “natural”, ser pionera, jurar por el Che…

De grande nunca más fui. Los estudiantes de arte siempre fuimos escurridizos, y no nos obligaban demasiado ⎯en mi época⎯ a llevar uniformes, asistir a mítines políticos o ser de la Unión de Jóvenes Comunistas.

Tengo el recuerdo de una larga noche de fiesta en la que regresaba a casa a las seis de la mañana cruzándome con miles de cubanos soñolientos, con camisetas rojas y banderas; al llegar a casa mi madre también se iba al encuentro con su sindicato mientras yo me acostaba a dormir la resaca. Estaba orgullosa de aquella paradoja aunque no pudiera decirlo.

Hoy pensé encontrarme cuatro gatos protestando bajo la nieve, pero no fue así. No me fió de los cómputos que salen en la prensa, que si seis mil, que si dos mil, yo llegué tarde, sólo alcancé a gritar los últimos ¡viva Cuba libre! cuando la gente se dispersaba tras las palabras finales en la tribuna y comenzaba la música. Así y todo éramos muchos, ondeando banderas cubanas y españolas, gritando contra la dictadura castrista, moviéndonos al ritmo de la música con un grado de temperatura y una sensación térmica de menos cuatro, una persistente nieve que no cuajaba, empapándolo todo, menos nuestras energías. Y eso me gustó.

Quiero quedarme con esa imagen, con la de muchos cubanos bajo la nieve gritando Libertad para Cuba, y no me importa que algunos digan que quienes convocaban esa marcha sólo desean votos cubanos o que simplemente es mucho más fácil pedir democracia desde Madrid y no desde La Habana.

Ni me sirve ni quiero ese discurso conformista de los que se van y deciden borrarlo todo, porque la política les da “asco”. Asco me da a mí seguir siendo cobarde cuando ya se es libre, puedo entender a cada cubano con miedo dentro de Cuba, yo fui otra más de esos miles, yo preferí callarme y resolver mi vida. Pero Cuba me persigue a donde quiera que voy, y no me escaparé más de ella. Me da igual lo que piensen los resentidos, los mediocres, los cobardes: 50 años han sido suficientes para que lo que sí me dé mucho asco sea ese régimen que totalizó el miedo, inoculándolo dentro de nuestros corazones.

Por abolir un poco de ese miedo, y por lo verdadero y real de ese pedido multitudinario que esta mañana se ha escuchado en la Puerta del Sol, vale la pena estar bajo la nieve aunque mi salud casi me lo impida.