(Domigo, 15 de febrero de 2009, Feria Arco en Madrid)

Cuando decidí no volver a Cuba sabía que renunciaba a ser parte de ‘aquel mundo’, aunque cueste asimilarlo, y todavía me despierte en la mañana extrañando los mangos, las guayabas, los gestos de mi madre, el malecón, esa Plaza de Armas que hice tan mía, sabiendo que pasarán los días y los recuerdos se irán, se esfumarán de mi mente los lugares, la sonrisa de alguna gente, los momentos que no se pueden revivir. Una mañana como hoy abro los ojos y lo único que tengo de La Habana es mi amante que dormita y asiente a mis recuerdos con sonidos, ¿te acuerdas cuando vivíamos en Centro Habana, te acuerdas del fin de semana en Guanabo, te acuerdas de las calabazas tan amarillas que me hacías con mojito de ajo y especies, te acuerdas de los batidos de frutabomba, te acuerdas de…? Aunque sólo haya pasado un año y medio, esa Habana sólo existe en mi recuerdo, y desaparecerá conmigo.
De mi nueva vida intento atraparlo todo.
Filmo cualquier paseo. Tenemos más fotos en este tiempo que de toda nuestra vida en Cuba, y tampoco es que tengamos una cámara óptima, hacemos fotos con cualquier cosa, con la webcam, con el móvil, con la cámara de video, con la Nikon de rollo que nos trajimos de Cuba. Es como si quisiera congelar mi vida en fotos, guardar esas pruebas de mi paso por este ‘nuevo mundo’.
Cuando salí de La Habana sabía que quería quedarme, pero no lo decidí hasta el día que se vencía el billete de vuelta y yo andaba por Granada redactando un currículum falso de camarera. Por aquello de atrapar el tiempo o los recuerdos tengo muchas fotos de mis últimos días en la Isla, a veces las miramos, y notamos el cambio, es como un viaje en esa máquina del tiempo inexistente. Las fotos me llaman, son como un portal para volver a ese mundo, por un segundo que puede durar indefinidamente y que tiene siempre billete de vuelta. Pero no hay tal portal, sólo una instantánea que no es la realidad fidedigna, sólo una ilusión, un simulacro muchas veces defectuoso, no soy muy fotogénica.

He de confesar que me choca un poco la manía exhibicionista de algunos cuando muestran su vida privada en la web, en la tele, en los medios. Quizás es un prejuicio de los tantos que traigo arraigado de aquel sistema que cala en tu vida en todos los sentidos, incluso cuando tienes uso de razón y te das cuenta de la estafa en la que te han involucrado al nacer. Soy bastante crítica con ese regodeo en el pasado cuando se tienen más de 50 y se prefiere mostrar una imagen de los 20, pero tengo que aceptar que mi propia teoría del ‘portal’ se presta para semejantes juegos, y sé que todos, en público o en privado, recaemos en tales deslices, nos preferimos mejores, jóvenes, guapos, nos preferimos idealizados.
Yo también tengo una foto con 16 donde miro mi rostro –que no se diferencia tanto al de ahora, porque sólo han pasado 12 años– y pienso que era una niña muy simpática, pero en realidad… Era demasiado delgada, tenia las cejas rebeldes, y menos ademanes de mujer… Las fotos son un engaño de lo visible, no puedo volver a ser esa chica que se tiró en el asfalto frente a la escalinata del Capitolio, no volveré a serlo aunque vaya allí y repita la escena, y reproduzca todo exactamente. Y soy esa misma, 12 años mayor, con la certeza de que cada momento es único, y aunque sea una rutina, es inigualable.
Los recuerdos son inoperantes, las fotos son vacuas reproducciones del pasado, pero recordar es el vicio de los nostálgicos, y aunque haya dejado de fumar y sólo extrañe al cigarrillo en sueños, y sepa que puedo renunciar a la bebida, a comer condimentado, a la ciudad, a casi todo si fuera necesario, me resisto a renunciar a los recuerdos, es la única droga de la que no quiero liberarme. Porque olvidarme de las guayabas, de los chistes de mi madre, de los parques, de La Habana, de las estancias en casa de mi abuela, de la Glorieta de Santa Clara, las calles de Trinidad, los bares de mala muerte y los amigos momentáneos, de los amores pasajeros, las malas amigas, las comidas horrorosas de la Escuela de Arte, los zapatos feos, las guaguas repletas, el calor insoportable, del ruidoso Barrio de Belén, de la violencia, la miseria, la felicidad a cuentagotas, las experiencias nuevas, el sexo ilimitado, la soledad, las pulpitas de tamarindo, los tamales, el ron sin marca, la cerveza bucanero, soñar con salir del infierno, correr en las tardes persiguiendo mi propia sombra sobre el muro de la Alameda de Paula, entrar al aeropuerto con una valija y mucho miedo disfrazado de expectación… Olvidar todo eso significaría olvidarme de mí.
‘He vuelto a nacer’, pero tengo conciencia total de mi vida anterior, un privilegio agridulce que todavía me cuesta asimilar, aunque de alguna manera sé ‘que todo lo que no te mata te hace más fuerte’ –refrán popular–, por eso insisto en recordar, mi único billete de ida y vuelta para volver a ese mundo que extraño.

(Agosto de 2007, Malecón de La Habana)
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