Desde que estoy en este país no hay una cena a la que vaya que no terminemos hablando del tema ‘Cuba’, contando absurdidades frente a las caras apenadas y estupefactas de nuestros amigos europeos. Cómo explicarles que es un destino inútil cuando les oyes decir con tanta convicción que quieren ir. Lindomar le llama a eso: síndrome de Cristóbal Colón. A él y a mí no nos llama la atención Latinoamérica, África, La India, nosotros miramos al Norte y a Europa, queremos reconquistar el viejo mundo, hemos visto ya suficiente pobreza, suficiente mar, calor, mosquitos gigantes.
Siento pena con los que repiten cena y sale otra vez el mismo tema porque los nuevos invitados quieren saber cómo es aquello. En ocasiones tengo la sensación de que somos como dinosaurios, seres de otra dimensión, personajes escapados de una película surrealista. Lo cierto es que existe una isla recurrente en mis textos, en las cenas con mis amigos y en mi cabeza. Estoy rodeada de Cuba por todas partes.
En La Habana eras xenofóbica, dijo Mónica recordando cuando le confesé que no me gustaban los extranjeros. No sabía relacionarme con ellos, me eran repelentes. Pero mi aversión por los extranjeros ya ha sido superada, era el lastre de vivir en una sociedad que infravalora a sus ciudadanos y sublima al foráneo. Es curioso porque de no haberlo superado allá, no estaría hoy en Europa. No se puede tener el mundo si se siente odio por él.

Mi persistencia en el ‘tema’ es la consecución natural de mi pensamiento. Ahora soy la extranjera, la que no pertenece a este sitio, pero logra apoderarse de las calles, de los faroles, de la hierba en los jardines del Palacio Real, del olor de la noche y los rugidos del metro desde el túnel. Soy una más entre la gente y a veces es buena esa sensación de pasar inadvertido. De cualquier manera sé que la distinción está en otro sitio, no es algo que pueda imponérmelo un gobierno, una sociedad. Quizás en la imposibilidad de ver detrás de lo superfluo exista lo que nos diferencia. Eso que estamos pensando y no decimos, la alegría o la tristeza del pasajero de enfrente, la felicidad que va por dentro, como va el dolor o la rabia. Son los sentimientos, las ideas, lo que nos junta o nos diferencia de esa masa de gente que viene y va.
Mónica, mi amiga española, se va un año a Argentina. La cena es para despedirnos, me cuenta que piensa darse un brinco a La Habana. Todos quieren volver, se me antoja que existe un extraño imán sobre la Isla, hilos invisibles que nos amarran, un hipnotismo, una brujería. Hay quienes se desatan, se liberan, expulsan los fantasmas, pero el amarre vuelve en las noches. Sé de pesadillas recurrentes entre los desarraigados. De día y conscientes se niegan a volver, hay mucho mundo por conocer, piensan, pero de noche la Isla los secuestra y desembocan dormidos en un país que no desean. Puede que exista el síndrome del emigrante, y esté yo padeciéndolo ahora. Algunas noches quisiera sacudirme del pensamiento la palabra CUBA. Reinventarme otro país. En noches como esa –como está quizás–, intento escribir, pero me quedo detenida ante el cursor intermitente, todo me resulta obvio, recurrente, y sé que hay que contar esta historia, sé que no podemos dejar que ‘ellos’ la cuenten a su manera, esa que ha engañado a todos desde hace medio siglo…
En la cena a una de las chicas españolas termina por reflejársele en el rostro la vergüenza y de pronto estoy hastiada, no quiero hablar más del tema, siento que mi realidad es demasiado mía, demasiado distante para el resto. He salido de la burbuja de cristal, del sótano ‘underground’, pero todo allí dentro sigue existiendo igual, y no decir nada no me sirve, cerrar los ojos no me sirve, olvidar no me sirve, aunque a veces también haya que cambiar de tema porque: siempre acabamos hablando de Cuba, qué va, tengo que viajar más, digo justificándome ante el grupo. Todos reímos, tomamos más vino y hablamos de otras mil cosas.
De vuelta a casa camino por un Madrid noctámbulo, lleno de gente joven que viene y va por una ciudad viva. Me dejo llevar, disfruto de esta falsa levedad, trato de aligerar el peso de mi ciudadanía. Al menos por un rato.

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(La foto es de cuando vivía dentro del ‘tema’)

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