Es el último día de trabajo. Regreso a casa disfrutando de la incipiente primavera. La gente va de prisa, el metro está lleno de rostros difusos, apurados. Cambio de líneas, tomo ascensores, escaleras, pasillos, me cruzo con más gente, todos absortos en sus vidas, en sus problemas; gente que viene y va superpoblando la tierra, usando el aire, ocupando lugar. Como yo.

Esta tarde no tengo ganas de leer, escucho música y dejo que todo sea imagen en movimiento para llenar espacio.

En Avenida de América suben dos yonquis al vagón, se tiran en el piso frente a mí, huelen mal, uno de ellos tiene la cara llena de cuchilladas, no superan los 35 años y hablan incoherencias muy alto. Cambio la vista, subo el volumen, aguardo a la próxima estación con ansiedad. Examino al hombre sentado a mi lado, un flaco medio calvo que intenta no mirar a los yonquis, está asustado, se lo puedo oler en la forma de sentarse. Sé que es absurdo, pero intuyo que este hombre no se hubiera inmutado si los yonquis le piden la billetera o me atacan.

«Eso no me pasará a mí», es lo que suelo pensar en estos casos. A veces funciona, de cualquier modo, escucho a los yonquis reivindicar un trabajo digno, dicen que este país se hundirá en la mierda, la crisis… Fue lo último que oí, el metro se detuvo y salí por la puerta. Comfortably Numb de Pink Floyd sonaba en mis auriculares.

Todo a mi alrededor es el teaser de una película indiferente. Trato de transcribir ideas que se me esconden, se mezclan, son confusas, me siento lejos, incapaz de acercarme ni con palabras al cúmulo de información que asimilo cada día.

Un hombre en Placetas, un negro cubano conocido como Antúnez, está grave en un hospital porque pide lo que hace 50 años es imposible en Cuba. Hace una huelga de hambre, y después de 25 días sin comer el opositor dice incoherencias hasta terminar en terapia intensiva. Antúnez, ¿es un yonqui de la libertad?

Ellos le dejarían morir sin preocuparse, «un negro menos», dirán desde sus trajes siempre verdes aunque vayan con guayaberas. Antúnez dijo que llevaría su petición hasta las últimas consecuencias.

En Estados Unidos Obama levanta las restricciones de viajes y envíos de remesas a Cuba, los dólares que tanto odian (con amor) los Castro engordarán un poco más sus arcas, muchos cubanoamericanos están felices porque verán a sus tíos, sobrinos y hermanos.

El desfile de presidentes latinoamericanos sigue haciéndose la foto de rigor frente a la Plaza de la Revolución. Haciéndole la corte al viejo Fidel, prestándole el sombrero, el petróleo, ahora es la revolución del chándal. Y este hombre, en Placetas, ¿qué pasa con él? ¿Merecemos mártires?

Una canción te puede transportar a un cañaveral, a una calle londinense, al parque de la infancia. Es de madrugada, escucho al cantautor cubano Pedro Luis Ferrer, y no estoy segura de la utilidad de las palabras. Pero tengo que usarlas, una vez más. Aunque sean inútiles e insuficientes para desearle suerte a ese hombre en Placetas que no debe morir por la patria, porque hacen falta muchos como él para cambiar las cosas.