Leer mis textos de años atrás es el reconocimiento de aquellos sueños que hoy son mi presente. Yo quería el mundo. Sabía que estaba asignada a la inexistencia. A ondear la bandera blanca de los vencidos. Tenia miedo. No me atrevía ni me interesaba atreverme. Pensaba en salvarme como mis amigos se habían salvado, pero les reprochaba el olvido, ese olvido que hoy comprendo desde mi lado. Hoy soy yo quien intenta desde Madrid no regresar a Cuba una y otra vez desde la memoria. Pero es inútil, y en el fondo innecesario.

EL COLOR DEL PRESENTE

Epistolario para los que no estuvieron
Lien Carrazana Lau, mayo de 2007

Dedicado a mis amigos cubanos de Afuera.
Play: Domingo 11 de marzo
2:13 p.m.
Sol intermitente, tranquilidad dominical, toallas desteñidas en los balcones, jabas de nailon y palomas que salen del palomar. Antenas a lo lejos sobre las azoteas grises de los edificios grises de la Habana gris.
Cualquiera dirá que no hubo un Quinquenio Gris, distante y pasado, sino una Cuba Gris, viva y presente. Por suerte, adentro hay COLORES.
Colcha verde tapiando mi ventana, luz cenital verdosa que se filtra por la trama de la tela y da un ambiente cálidamente oscuro. Piedras azules del wallpaper de escritorio. Bordes azules de las ventanas semitraslúcidas del Window Vista –pirateado, como casi todo en La Habana– y el blanco simbólico de la página, que voy llenando de estas letras con mensajes para ustedes, amigos falsos, ausentes, que se olvidaran, con trampa y sin trampa, que La Habana es como un planeta solitario girando sobre sí misma, y las imágenes en el televisor hablan de la Guerra en Medio Oriente, de las protestas en Chile, de los disturbios en Oslo, de las esculturas desnudas en la playa de alguna ciudad europea que he olvidado el nombre –porque todo se me parece a las cintas falsas que construía el protagonista del filme ‘Goodbye Lenin’ para que la madre creyera que el Muro de Berlín seguía en pie y seguía con él, en pie, el Comunismo–. Un regusto a inverosimilitud termino por sentir en la televisión, los mapas y la gente extranjera que me habla de Londres, de Colombia, de México, de Madrid, incluso mi madre –sentada en la sala ahora, viendo otro capítulo de Dr. House–, cuando me habla de Caracas y del pueblecito de Guacara, de los parques desolados y las tiendas atestadas de comida; a veces pienso que parece como si se fuera por unos meses a un territorio virtual, trayendo de regreso obsequios y comentarios de lugares remotos, inventados, inexistentes, como las ciudades donde viven, caminan, comen y ríen ustedes –mis amigos cubanos: ex-seremos como el Ché– olvidándose un poco o intentándolo, de cuando estar aquí significaba desconocer la coexistencia del Afuera, como si no hubiera nada más, sólo esta Isla-planeta girando sobre sí misma, llena de extraterrestres que hablan el idioma del silencio.

2:25 p.m.
Lo peor es que sé que no es verdad.
Si lo fuera –si Cuba fuera el planeta todo, como aquella obra de Luis Eligio Tonel, “Mundo soñado”, si la certeza de lo contrario no me asediara como una herida– el único problema sería lidiar con ese sentimiento. Pero lo peor es saber que hay Otro Lugar, aún cuando no lo hayamos visto nunca.

2:32 p.m.
Quisiera tener una cámara para filmarlo todo.
Filmar la gente que pasea por la calle Obispo, filmar los bares llenos de turistas y “luchadores”, filmar las voces de mis amigos que sobreviven al tedio del silencio, porque no hay nada más tedioso que el silencio, ustedes lo saben, por eso se fueron, para hablar, pero hablarán desde ahora y para siempre en una lengua extranjera, extra-extraterrestre, extra-insular y tengo bronca por ustedes y por mí; porque quiero ser un poco como ustedes a veces, porque tengo miedo a serlo también, como dice esa canción de Andrés Calamaro: No sé lo que quiero, pero sé lo que no quiero… No quiero esta nausea, este odio callado por todos nosotros juntos, agrupados sobre el trozo ínfimo de tierra que nos toca, cacareando la misma letanía de ser Islas dentro de una Isla que es muchas Islas y que es mi propio cacareo, el circo al que asisto a diario y que trato de olvidar.
Leo “Tres Tristes Tigres” de Cabrera Infante y veo a una Cuba igual a esta Cuba, el tiempo se detiene, los giros son partículas de humo sobre las calles. Todo sigue su rutina hacia la muerte. La criadita de al lado vive con su policía de turno, otro oriental, ven juntos las novelas mexicanas por antena y hacen planes para el futuro. El vecino del fondo se hizo santo, Elegguá, el orisha más costoso del panteón yoruba, el tanque de agua se le bota, está oxidado, pero él no tiene dinero para repararlo, eso dice. El agua cae como aguacero cada día, moja la ropa tendida en el patio de la vecina de los bajos. La presidenta del comité se mudó a mi edificio, en su cuarto ensayan ilegalmente un conjuntico con un tres, contrabajo, pianola y maracas. En el cuarto del frente dos lesbianas hacen fiestas reggetoneras, bafles mediante, y el ruido se filtra como agua por las paredes viejas de mi cuarto, pero ahora todo está calmado en el Solar, únicamente el sonido de mis teclas hundiéndose bajo los dedos, eso es Todo, el sonido del mundo entero, por eso nada más vale la pena estar aquí aunque no sepa escribir demasiado bien sobre todo lo que quisiera y quizás no pueda aunque quiera. Me seguirá la duda, careceré de fuerza para sacarlo de estos falsos epistolarios electrónicos y convertir la realidad en ficción, como podrían hacer ustedes que ya están tan lejos como para que nada les toque con la punta de un cigarro. Pero para eso tendrían que estar aquí, mirando el tiempo a través del filtro de GRIS del presente. Este presente.

2:49 p.m.
Me gustaría hacer un documental que parodiara a PM. Lo llamaría AM.
Saldría con una cámara a recorrer los mismos lugares que recorrieron los que filmaron el otro, filmaría ruinas, terrazas con venta de cerveza dispensada, Di Tús, edificios nuevos donde antes hubo un oscuro bar: la nueva Habana, catálogo turístico para viajeros europeos de izquierda, esos que querrán tomar malos mojitos en bares de cuarta y pensar que llegaron al fondo del alma oscura de mi planeta. Error.
Por suerte no tengo cámara.

Rewind: viernes 23 de febrero de 2007

2:00 p.m.
Todos los que pudimos conseguir invitación fuimos al segundo round del debate Quinquenio gris, esta vez en el Instituto Superior de Arte, bello baluarte de nuestra juventud creadora, pero a la juventud creadora de dicho lugar la pusieron de patitas en la calle, la conferencia era por invitación, una vez más.
TALLER SOBRE POLÍTICA CULTURAL DE LA REVOLUCIÓN era el título que decía mi invitación, luchada hasta el último momento gracias a la ayuda de Pérez Castillo y Heras León, gracias al Cardoso, gracias a pertenecer a algo (que es lo mismo que figurar en una lista, que tener carnet de identidad, que estar catalogado en una biblioteca de vivos). El panel compuesto por Desiderio Navarro, R. F. Retamar, Graciela Pogolotti, el new president de la AHS, el Ministro de Cultura, Ambrosio Fornet y Arturo Arango –representando este último en la mesa a los más jóvenes, si bien de los presentes, excepto por presi de la AHS, era Arango el menos viejo, ¿Cuántos años tendrá? ¿43, 45, 47, 50? La juventud en Cuba es un estado de conciencia, diría alguien seguro, de ahí debe ser que en los últimos años me siento tan vieja por dentro, como si pudiera comunicarme sólo con los muertos–. En dos horas el panel habló, leyó y expuso a los jóvenes que estábamos del lado de acá, es decir al frente, del otro lado del ring, en la esquina azul (bueno si quieren digo violeta, o verde, o blanca, pues la esquina roja era, es y será siempre de ellos, los que tienen el Poder de la palabra). Desiderio terminó su discurso con una bella frase: No se trata del color de un quinquenio, se trata del color de nuestro futuro…
¿Bonita frase verdad? Lástima que algunas palabras se las lleve el viento como a las hojas secas.
El 2000 era el futuro, dice un personaje de Ahmel Echeverría cuando otro le pregunta sobre los planes para el nuevo año –2000– que celebraban desde una alta azotea habanera, aquel fin (falso) de milenio. Dice Buda: El pasado es un sueño; el futuro, un espejismo; el presente, una nube que pasa. Una nube que convierte ese espejismo en realidad sin que nos demos cuenta. Dormidos en el vaivén del tiempo. Trabajando siempre para un futuro mejor, como quien corre detrás del horizonte. Yo creía que se trataba del color del presente, de este presente donde nada es blanco y negro, sino desesperadamente igual de GRIS en tonos infinitos.
Aburridos, como ahora deben estar ustedes por tanta palabrería mía, latosa y redundante, estábamos nosotros, los de la esquina Blanca que fingíamos esperar respuestas de los de la esquina Roja. Dos horas duró la exposición de los panelistas, contándonos, con diplomacia de bailarina de ballet, la historia de un pasado que apenas conocíamos por no figurar en libros ni en clases de historia y cultura cubana, pero que creíamos irreversible como el tiempo, borroso como un sueño que se comienza a olvidar. Porque recordar no es volver a vivir, es soñar despierto, y si de algo sirve el pasado en todo caso, es para no cometer los mismos errores que nuestros predecesores, pero el pasado es sólo un espejo donde no queremos reflejarnos, donde, con suerte, no nos reflejamos, y por eso, nos importa menos.
Muchos de ustedes seguro jugaron alguna vez el juego del espejo –Maykel tú lo jugaste conmigo en Trinidad en las clases de teatro que daba Lexis al aire libre– el juego es muy sencillo, uno imita al compañero que tiene delante, si yo ladeo la cabeza a la izquierda, tú la ladeas también, si yo me siento, te sientas. El juego del espejo se jugó esa tarde. Magistralmente.
Después de sobrevivir a la torturante disertación de Graciela Pogolotti , de aproximadamente 40 minutos –entre eh y EH una palabra– hizo sus conclusiones Arango, y abrió el debate a los presentes. He de decir que este debate, organizado por la revista Criterios y la AHS, trajo desde provincias tan distantes como Manzanillo, a algunos miembros ejecutivos de dicha asociación quienes no perdieron ocasión para hablar, algunos con discursos ya elaborados.
Al principio no tomé notas de nada, luego me entró cierto espíritu periodístico –pensaba en ustedes, en ti Dinorah, que querrías estar aquí, quería aprovechar mi privilegio por todos los ausentes– y comencé a hacer anotaciones con fecha, hora y nombre de cada persona que hablaba, en intervención de 3 minutos, la norma establecida. Pero pasado el fragor del momento no le hallo sentido a ninguna de esas notas, menos lo tendrá para ustedes, con lo requetefrío que está el tema, porque eso era de esperar también. Resumiendo, sólo les diré que esta espectadora pensó que la cuestión se resumiría a escuchar tenues pataleos, pero la gente habló. Dijo cosas duras, cosas fuertes, cosas hasta osadas, hasta terribles, pero ingenuas. Jugábamos el juego del espejo.
Los que querían su derecho al pataleo hablaron, los que sabían que asistían a otro simulacro de democracia, callaron; la palabra miedo retumbó varias veces seguida de los aplausos, ésta es la sociedad del miedo, se atrevió a decir alguien, exigiendo además cámaras de la televisión cubana, cobertura en los medios de prensa para todo este revuelo, porque en Cuba los medios mienten, y mienten descaradamente, dijo otro, y hablaron de la censura, la de ahora, la que impidió mostrar sus trabajos a los realizadores del audiovisual De buzos, leones y tanqueros, la que expulsó a una escritora cubana hace unos meses del periódico Tribuna por relacionar el nombre de dicha publicación en un cuento –nada subversivo por demás–, la censura que si existe, y que es hasta autocensura, esa que impide desatar el nudo de la garganta, que impide a muchos hablar para no sentir más cerca el miedo ¿Y es que acaso es real? Ya no sabemos diferenciar el límite de lo real con lo imaginario, ya no sabemos cuándo nos fabrican una ilusión, el control rige nuestras vidas, estamos pegados a la red, imantados al suelo con un cable invisible que une nuestras mentes. No existe mejor dominio que el dominio de la mente humana.

01:21 a.m. Una madrugada del futuro
La Habana Vieja, 20 de marzo de 2007

Queridos amigos:

He sido ruda con ustedes, enviándoles un mensaje donde les acuso de olvidadizos, donde les regalo metafóricamente una goma de borrar para que borren –metafóricamente– del mapa mundial a la Isla, y con ella los nombres de las calles, de los edificios, de la gente dentro de los edificios, de los amigos, de los viejos amores, de los abuelos, tíos, primos, de los familiares vivos y muertos. Todo.
Luego les escupo a la cara esa condición intrínseca de ser CUBANOS como quien lleva un tatuaje de agua en la piel que no hay rayos laser ni ciencia sofisticada que pueda suprimir, menos una goma de borrar imaginaria, un pasaporte inglés, una ciudadanía norteamericana, una residencia española. Como si no fuera ilusoria esa noción únicamente geográfica, y diera lo mismo éste que cualquier otro lugar, con tal de que de una vez y por todas encontremos ése, nuestro lugar en el mundo.
Perdóneme, no he querido agredirlos, no he querido culparlos por salvarse a su manera, no he querido reprocharles el olvido, pero sí, también se los reprocho un poco, porque sólo existimos cuando alguien piensa en nosotros, ¿verdad Fernando?
Sé que sólo es una idea romántica de la existencia, pero para mí que ustedes existan y me recuerden desde cualquier ciudad remota e inimaginable, es mi máquina del tiempo. Cuando me escriben, desde sus atardeceres dispares con la Habana, tomándose un café o fumándose un porro, o tomándose un mate, es como si de algún modo una parte de mí estuviera ahí mismo, junto a ustedes, como están ustedes en mí, y en estas calles sucias y tristes y majestuosas de la Habana, esa cloaca ardiendo en mitad de la memoria de cada uno de ustedes. Si algo les he pedido, es que no rompan el puente, que no suelten la soga por la cual me sujeto al mundo, a través de la cual la Isla deja de ser el único lugar que existe. Aunque también sea sólo otra idea romántica.

El tiempo pasó sin acontecimientos desde aquel viernes de la conferencia hasta este día en que les escribo. Ya no vale la pena que les cuente mucho más sobre ese asunto. Es agua pasada, y no movió ni ahora ni antes ni moverá ningún molino. Estamos bien educados, y como niños educados obedecemos a los mayores, escuchamos al tío Abel –sin Caín–, quien respondió todas las intervenciones, hasta las más difíciles. Reconoció ser el Pavón de Ponte, y reiteró que estaría dispuesto una vez más a hacer lo mismo si alguien atenta contra nuestros intereses, afirmó que este debate es un derecho sólo de los que están aquí, que los de afuera han intervenido para dividirnos, tergiversar la historia y aprovechar la discusión como “arma para el enemigo”. Negó que los medios en Cuba mientan, cree simplemente que “omiten y son triunfalistas”, habló de un exilio interior: “los que se quedan pero se desconectan de la realidad”. Finalmente dio curso a analizar en reuniones privadas problemas específicos que algunos, aprovechando la coyuntura, plantearon; creo que esos serán los más afortunados.
Después de cinco horas y tanto, ansiosos y cansados, corrimos a comer la merienda y tomar los autobuses, eran las nueve de la noche cuando llegue a casa, mareada y con dolor de cabeza. Y teníamos merienda, y teníamos autobuses. Los padres siempre cuidan de los hijos…
Ahora muchos de aquellos jóvenes irán en cruzada artística por Bolivia, Venezuela, Honduras; a las comunidades indígenas de las montañas, irán escritores, trovadores y otros artistas, organizado por la AHS. Muchos de los que estaban tan interesados en discutir y analizar nuestro presente gris ahora toman la mochila y van dispuestos a entregar espada y escudo cubano, en esgrima perpetua con la nada, esa nada que hemos llenado de libros, de cuadros, de fotografías, de instalaciones, de obras de teatro, de películas, de audiovisuales, de criterios sobre un ARTE CUBANO que como un tatuaje de agua se puede exportar muy bien llegado el caso. Desde adentro o desde afuera.
El gusto a hipocresía de quienes viven del otro lado de mi orilla cuando leo frases como: “los oprimidos cubanos…” hacen que se sienta falsa esa idea de denuncia, esa preocupación por nuestro destino, suena a lástima, sórdida y asqueante. La lástima es un boomerang que se vuelve con destreza, quien la profesa por alguien, termina sintiéndola por sí mismo, por eso, siento desconfianza de quien vende sus pensamientos con menos dignidad que una puta vende el cuerpo. Como siento aversión de quienes cambian de opinión como de calzoncillos, esos que hablan en los pasillos de insatisfacción y quieren, desean, anhelan un cambio, principio básico de las revoluciones, pero en la menor oportunidad de escalar esa pirámide invisible del poder, cambian su discurso como quien cambia monedas.
Siento el tedio como un grillete, amarrándome a La Habana, alejándome de todo, hasta de mi propia imagen en el espejo. Pero no me dejo vencer, nadie va hacer que olvide que un día caminaré por Roma, me tomaré fotos en la Torre Eiffel como los turistas en el Capitolio, nadie me hará creer que esto nada más es el mundo. Y nadie me va a quitar todas las calles de Trinidad, de Santa Clara, del barrio de Belén; esas calles que forman el mapa de mis recuerdos.
Por eso, ya nos veremos en algún café parisino, alguna playa mediterránea, algún parque de Nueva York –porque cualquier calle es Obispo en la memoria, como dice JAAD–, porque siempre querré escuchar la vieja trova: pensamiento dile a fragancia que yo la quiero, que no la puedo olvidar… porque Cuba es un lugar que existe dentro de nosotros. Soy yo, dejándome llevar como hoja por el aire, arrastrando mis pies del Puerto a la Rampa, del mar al Prado, viéndome en las caras rubias, chinas, negras, mestizas de todos los transeúntes, llorando por ellos, por mí, y riéndome también, de esta treta que es el Hoy. Este presente que amenaza con transformarme, pero yo no quiero, seré muy fuerte, nadie va a quitarme de la cara la sonrisa, nadie va a impedir que escriba, nadie va a quitarme mi verdad, donde quiera que esté.
Los quiere,
La china.

PD: Vernos en La Habana… ¿será pedir demasiado? Vernos ¿será?


(Este es un texto que escribí en La Habana originalmente para La CAJA de la china No. 4, pero que por ‘cuidarme’ de ese miedo latente, no publiqué en ese entonces.)
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Me reencontré al menos con algunos de esos amigos de Afuera, lo único que quizás lamente hoy es tener muy pocos a los que escribirles en esa Habana que se está quedando vacía.