Si alguien toca un día a tu puerta,
diciendo que es un emisario mío 
no creas, ni aunque sea yo;
que mi vanidoso orgullo no intentaría
tocar siquiera la puerta irreal del cielo.
Pero si, naturalmente, y sin oír
a alguien tocar, la puerta fueras a abrir
y encontraras alguien como a la espera
de tocar, medita un poco.
Ese era mi emisario y yo y lo que intenta
mi orgullo que desespera
¡abre a quién no llama a tu puerta!

Fernando Pessoa