En verdad no sé dibujar. Lo reconozco, nunca supe. Lo intentaba. Tomaba clases de dibujo cuando era adolescente. El profesor era un muchacho pelirrojo que se recogía el pelo en una coleta. Me gustaba. Tendría 25 años  y yo 15. Diez años pueden ser una distancia respetable en algunos casos. En éste lo era.
Tomé clases de naturaleza muerta. En casa me ponía a practicar intentando reproducir unas frutas junto a un jarrón con alguna flor dentro, una copa que transparentaba el jarrón, es un efecto difícil de conseguir en claroscuros. De los dibujos que conservaba al cabo de unos años me sorprendía de haberlos hecho. Todo radica en ejercitar el talento, si te tiene. Pero yo no tengo mucho talento para dibujar.

Estoy sentada bajo el sol de la plaza de Cabestreros, y desearía dibujar a la gente, los niños que juegan fútbol, las africanas con sus raros atuendos, pero no me sale nada. Este es mi dibujo defectuoso, un graffiti unicolor escrito en una hoja, sin sentido ni orden como el sonido de una pelota que rebota contra el asfalto. Recordar el tiempo en que la felicidad era una pelota rebotando allá en la calle Santa Bárbara, devenida ‘Céspedes’, calle travestida de virgen a héroe, calle de Santa Clara, mi reino a los 12 años.
Las plazas no se diferencian demasiado unas de otras. En todas partes la esencia de las plazas son sus habitantes. En todas las plazas del mundo se dibujan las mismas imágenes con rostros distintos. En todas hay un grupo de jóvenes que bebe ron, cerveza, vino, intentando diluir el domingo entre rayos de sol y un brindis. En todas hay niños, porque una plaza sin niños está incompleta, niños y perros…
En la plaza de Cabestreros los niños son de todos los colores, indios, sudamericanos, africanos, árabes, niños de Bangladesh que juegan fútbol al atardecer. Madres que vigilan, mujeres indias que pasan con sus saris brillantes, gente que camina y habla por teléfono, africanos en pandilla en una esquina, yonkis tirados en el recoveco de la escalera que da a la otra calle, camellos que te proponen de todo, una chica que pasa y me pregunta si soy: Alma. Le digo que no y se va. ¿Debí responderle: y cuerpo?

Los parques son micromundos donde hay de todo, donde estoy yo también, sentada sobre un banco rígido de cemento, en esta primavera madrileña, escribiendo dibujos que no logro esbozar.


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