Estoy frente a la casa de Onetti. Como mi despiste me vuelve un poco gafe, se me han quedado las llaves dentro de casa el día que mi novio está en el trabajo y tiene el móvil silenciado, justo el día que todos ven el partido del Barça con el Manchester.
Quizás sea mejor para que aprenda a prestar atención y revisar el contenido de mi bolso antes de irme al trabajo. Quizás sea un castigo de Onetti por no leerle todavía. Tal vez sea la manera de esquivarlo todo y sentarme en un banco de la Avenida de América a garabatear, porque escribir, escribir realmente: no escribo.
¿Escribir realmente?
Qué coño es eso… Una pregunta que no sé si pueda responder.
Al edificio de Onetti entran unos muchachos con bolsas que contienen botellas de cerveza. Seguro van a ver el partido. ¿Vivirán en el piso de Onetti? Un señor saca a pasear uno de esos diminutos perros de juguete. ¿Habrá conocido a Onetti?
Sea como sea, creo que ver el fútbol iba a ser una perdida de tiempo. Algo en este incidente inesperado me produce gracia y hasta me agrada, no sé explicarlo bien, pero me hacía falta estar tirada frente este edificio y obligarme a pensar en Onetti.
Le dejo un mensaje a mi novio. Me devuelve la llamada al cabo de unos minutos. Me sugiere que me tome una caña en un bar mientras espero y así veo el partido. Pero no me apetece, estoy imantada a este banco pese a la polución de los coches que me irrita los ojos, pese a algún transeúnte que invade mi perímetro sin consecuencias graves, escribir en los bancos se ha vuelto últimamente mi afición, o evasión, pero ¿qué es escribir realmente?
Pregunta incorrecta. No sé, juro que no lo sé, sólo sé que la gente me mira con curiosidad porque atardece y estoy sentada en posición de loto garabateando sobre un cuaderno con esta horrible letra zurda… Vigilo a los vecinos de Onetti. Le imagino a él fumando en alguno de los balcones. ¿Cuál sería esa casa donde “vivió desde 1976 hasta su muerte en 1994”, la casa donde creó sus tres últimas novelas que no he leído? ¿Fumaría?
Necesito fumar. Miro a todos lados para ver si alguien fuma. No sé si me atreva a pedir un cigarro. Ni siquiera sé si realmente lo necesito. Ha pasado un hombrecillo con un peinado a lo Elvis y un cigarrillo en la mano. He desdeñado la posibilidad de pedirle un cigarro. Pienso en la sugerencia del bar y el partido por la tele, pero no tengo ganas. La Avenida está semi vacía y es agradable el sonido de la ciudad, ver caer las últimas luces del día, imaginar a Onetti, sin éxito. No soy capaz. Sólo me sale vigilar frente a la puerta, ver regresar al señor del perro, saber por la tranquilidad que el Barça aún no ha ganado, reconocer que el fútbol me importa un carajo, tener muchas ganas de fumar aunque lo haya dejado.
Una chica con vestido amarillo se aproxima al banco: ¿Puedes decirme dónde está la calle Corazón de María, por favor? Trae una sonrisa amplia y maquillada, es guapa y latina, es una oshún terrenal, pero yo: No tengo ni idea. Y ella se aleja con la misma sonrisa a estampársela a otro a cambio de una dirección.
¿Qué es escribir realmente?
Después de cuatro cuartillas de este cuaderno aunque no lo supiera pudiera dar mi teoría al respecto. Pero nada asegura que no se parezca a muchas. Me imagino repetida por ahí en miles de bancos, en los tranvías, en cada rincón del mundo hay alguien que escribe sin saber porqué.
Las luces artificiales se encienden. En los bajos del edificio de Onetti hay un macabro y cutre restaurante chino que muestra sus neones. Un hombre y una mujer se detienen a leer la tarja: Desde el 94, dice uno de los dos, el otro asiente y se alejan. ¿Habrá muerto dentro de su casa, en la cama, cómo? No sé absolutamente nada de Onetti y por eso estoy castigada en este banco a repetir cien veces su nombre en mi cabeza, a ver entrar y salir a todos sus vecinos que ya me miran con mala cara, llevo una hora casi aquí, y parece que tengo pinta de saber direcciones, porque todo el mundo me pregunta, pero no las sé. Aunque en realidad creo que debo tener cara de loca, ¿puede estar cuerdo alguien que se sienta a escribir en un banco de la calle en ves de irse a un bar a ver la final de la Champions?
Escribir ¿qué es realmente?
No tengo respuestas inteligentes y profundas, no tengo ninguna respuesta. Pero esa electricidad corriendo de mi cabeza a la mano, esa drogadicción por contar todo lo que cruza por mi mente se va calmando, la necesidad merma, se retrae, y me levanto del banco, adiós Onetti, voy a tomarme una cerveza y ver el final del partido. Le pido un cigarro a un señor y mi novio llega para irnos a casa. El Barça gana el triplete y yo estoy satisfecha de encontrar tiempo para escribir, aunque continúe sin saber lo qué es realmente.
Aunque continue sin leer a Onetti y me lo recuerde todos los días su tarja en la esquina de mi casa.