Acostarme en la cama y encender un cigarro para ver a Onetti, desde su cama, fumar y dejarse entrevistar:

Se me ocurre que estoy viendo a mi vecino en su dormitorio, que hablamos de cama a cama a través de una webcam. Pero no estamos en el mismo espacio tiempo, Onetti está muerto y su imagen robada se reproduce infinitamente, deja ver a ese hombre viejo y maltrecho que parece darle igual mostrar su precariedad, como parecía darle igual que fuera de su cama el mundo no se detuviera, los árboles desojados volvieran a enverdecer, día noche mar aviones gente que se besa: todo lo que afuera no existía para él, todo lo que existe para mí, y por lo que me levanto de la cama cada día.
El hombre del video parece cualquier anciano mugriento que muere obscenamente con los días. Me desagrada su imagen si me abstraigo de saber que es Onetti, que escribió cuentos memorables que le hacen inmortal como pocos lo serán, como yo no lo seré. Es por eso que da igual que imagen vea, cómo era, porqué eligió la postración a la vida; eligió la literatura, eso es lo que me importa.

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