Dentro de la gran burbuja que es La Habana, yo vivía en mi burbuja. Pero mi recogimiento se limitaba a lo mental, imposible aislar la realidad, no ver desde la ventana la supervivencia entre las ruinas, imposible no escuchar el ruido del vecindario ahogando en alta voz el tedio, con ron, dominó y par de altavoces con reguetón siempre.
Yo odiaba el reguetón y a la gente que obligaba a los demás a escuchar reguetón.

Escena cotidiana
Frente a mi ventana un edificio. En el edificio un balcón. En el balcón un par de bafles orientados hacia la calle. De los bafles saliendo La tuba, de Elvis Manuel: “y se me parte la tuba en dos y se me parte la tuba tres… cuando te coja yo te voy a dar…”. Debajo del balcón el policía de servicio moviendo incontrolablemente los pies al ritmo de la música. En las aceras parte del vecindario moviéndose también.
Cerrar la ventana no era suficiente. Tras la pared mi vecina de la derecha ponía otra canción del mismo reguetonero, o quizás la misma a destiempo. A la izquierda mi vecino, otro policía, escuchaba a Marco Antonio Solís con acompañamiento vocal incluido.
Por años viví así, cansada de decirles que moderarán el volumen, cansada de tanta falta de intimidad. ¿Llamar a la policía?* ¿me va a hacer caso el que baila haciendo la posta o el que canta justo tras mi pared? A veces tenía ganas coger un par de bafles y sacarlos a la terraza, poner una ópera rock, una sinfonía clásica, una descarga de jazz latino. Pero caería en lo mismo que ellos. Lo único llegué a hacer como recurso desesperado fue atormentarlos con una canción de Marilyn Manson o Red Hot Chili Peppers a un volumen considerable si la cosa se ponía muy agresiva, era el único recurso que les hacía bajar el volumen a los vecinos más aledaños. Pero en la calle todo seguía igual.

El sonido de una ranchera se va filtrando poco a poco. Me entra por los oídos hasta que me hace abrir los ojos. Es domingo, apenas las 12 del mediodía, y no estoy en La Habana. Pero he despertado con esa sensación, con su peor recuerdo: el ruido, la intromisión, la forzada presencia del otro.
Mis vecinos de Madrid miden 1,50 promedio de estatura, hablan chillando, tienen rasgos indígenas, aporrean instrumentos, escuchan música a todo volumen y a cualquier hora: son ecuatorianos. Ahora sería casi legítimo que dijera: odio a los ecuatorianos, pero también sé que al generalizar muchas veces uno se equivoca. Quizás es que estemos mal repartidos a propósito y para bien del equilibrio, y el lugar de nacimiento no siempre marca nuestra individualidad, al menos que sea tan pobre nuestro yo como para no superar el cliché.
Lo cierto es que no se parecen en casi nada los cubanos a los ecuatorianos. A pesar de que estos y aquellos vecinos habaneros tuvieran ese denominador común, eso que realmente odio: la mala educación.

La burbuja no existe, se rompe o te la explotan descaradamente
El desconocimiento del mundo para un cubano –y es aplicable a cualquier persona que jamás haya salido de su burbuja, aunque sea virtualmente– conlleva a confundir algunos sucesos de la vida cotidiana en particularidades, surrealismos autóctonos; pero la “cruda realidad” es que en todas partes hay carteristas, gente que vive en la calle, policías corruptos, y mucho maleducado que va por la vida explotando burbujas ajenas a fuerza de imponer la suya.
Si esas conductas confluyeran al unísono, si todos en mi edificio pusiéramos nuestras músicas en grandes altovoces, esa batalla por hacer valer nuestra individualidad nos dejaría unificados en una grupalidad vulgar. Menos mal que no somos todos iguales.

Mi casera llegó a contarme con total naturalidad que cuando vivía en este estudio ella ponía su equipo de música de cara a la pared de los ecuatorianos, y con el volumen muy alto para hacerles la guerra. ¿Por qué no llamó a la policía? Vaya usted a saber. Hay quienes tienen derechos y no hacen uso de ellos. Yo en cambio ahora mismo quisiera llamarlos y no puedo. Hoy no tengo derechos aquí, no existo aunque ocupe un asiento en el metro, aunque recicle la basura y pague reglamentariamente el alquiler, pero eso cambiará a la vuelta de un día, el sistema, tarde o temprano, nos acepta cuando “valora” que hemos pagado el “tiempo de castigo” por no haber nacido en esta tierra, cuando acepta que somos parte de esta sociedad. Que ningunearnos no hará que desaparezcamos.
En cambio en Cuba ser ciudadano legitimo no garantiza muchos derechos.
Por esa razón quizás sea necesario que trage en seco y aplique la vieja técnica que siempre funciona, un temita de rock a cierto volumen para ahogar el sonido chillón de las tonadas andinas, y desear intensamente un futuro sin vecinos maleducados, pero sobre todo, un futuro con derechos ciudadanos.

Paradojicamente ahora escucho Calle 13, porque algún grupo de reguetón me puede gustar, y algún ecuatoriano puede caerme bien…

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*En Cuba llamar a la policía está mal visto, asociado con la chivatería, la gente no confía en el funcionamiento de la ley.

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