La paranoia parece regir el aire que respira la gente en mi país, el miedo, la depresión, el desarraigo con su propia realidad. Yo lo viví y no encontré otra manera de ser libre que bien lejos de la telaraña que envuelve a La Habana.

Allí no formaba parte de nada, era un neutrón atrapado en las calles. Hacía años había descubierto la insolvencia espiritual y económica de tener un empleo por las vías estatales, tras cinco años como curadora y diseñadora en una galería.

Los mejores años sabáticos que he vivido fueron tras esa ruptura, entre el letargo de aquella ciudad, escribiendo mucho, todo el tiempo del mundo era mío y toda la tristeza, la desesperación. Quería saber cómo era el mundo ahí Afuera.

Sólo el buen cine (pirateado y regrabado en DVD), sólo los libros (prohibidos que me pasaba un amigo), sólo escribir y escribir y escribir eran el antídoto contra tanta rabia de sentirme timada, maniatada, muda. Me inventé la revista digital La Caja de la china, una manera de compartir información, de crear una red de lectores a través del correo electrónico. Contacto, sobre todo, entre la gente joven que, como yo, escribía y creaba en la Cuba del futuro, la que nos prometieron libre, limpia, incorruptible, la que nos dan opresiva, carcelaria.

Dejar atrás a Cuba no significa escapar de ella, no hay escape posible.

Necesitaba llenar mis ojos de mundo, nadie tiene derecho a negarnos esa libertad. Como nadie tiene derecho a impedir que otro disienta, ni a castigarle por hacerlo, a convertirlo en delincuente.

No todos estamos dispuestos a pagar el precio que disentir en Cuba presupone, algunos ni siquiera lejos del “seguroso enemigo” logran borrar esa paranoia; si bien es más fácil oponerse abiertamente desde una silla en Madrid, Barcelona o Miami, ningún cubano escapa de ese cerco que el régimen ha tendido entre nosotros. El precio de la libertad es tener todo menos lugar de pertenencia. Algunos se vuelven ciudadanos del mundo, otros simplemente olvidan. Disentir es un modo de romper el olvido.

En la Isla o en el exilio, hay que decirlo todo, hay que hacer acto de presencia.

 


Claudia Cadelo lleva el blog Octavo Cerco, donde cuenta esa otra realidad cubana que no dicen los medios oficiales. Ciro Díaz, músico de Porno para Ricardo, critica a la dictadura castrista en sus canciones. Son de las pocas voces libres que se oyen desde La Habana.

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