«Me harté de la máscara», dice la bloguera cubana Yoani Sánchez en una entrevista concedida a Radio Francia Internacional. Cuba Rebelión es uno de los temas que precede a la entrevistada, la que dibuja la locutora como “pequeña y de apariencia infantil”. Extraña descripción, como lo es la selección de algunos temas musicales, El unicornio azul de Silvio Rodríguez se deja oír en otra parte del programa, por fortuna incluyeron El Comandante de Porno para Ricardo, y El Burrito de Yerba Buena cerrando en clave optimista. Lo más aconsejable será obviar los comentarios “blancos” de la presentadora, los remilgos enlatados de la radio, y escuchar a Sánchez.

Su entrenamiento de figura pública es notable en el énfasis y coherencia de sus palabras, la concreción de sus ideas; sabe lo que tiene qué decir y cómo decirlo, algo que no todos poseen en la disidencia aunque les sobre valentía. Sin embargo, después de ver unas cuantas entrevistas en YouTube y en la red, creo que conocemos poco a la persona que es Yoani, ¿cuál es el tono de su voz como vecina, amiga, madre? ¿cuánto de la vida personal se sacrifica al asumir un rol público?

La responsabilidad que implica disentir abiertamente al régimen es un precio muy alto, siempre he creído que Yoani es tan valiente como otros opositores que dan rostro y nombre a la disidencia cubana. Pero quitarse la máscara del miedo implica asumir un papel, seguir el guión de nuestras propias ideas, implantarnos una disciplina. Hay doble obligación en cada acción porque ya no es un eco en el vacío. La voz de Yoani se propaga por la red y se convierte en referencia, esa responsabilidad la presupongo pesada, limitante en lo personal, y agudizada por la persecución real de esa Seguridad del Estado que lo vigila todo como el Gran Hermano comunista, esa a la que temen cubanos hasta en otras latitudes.

El miedo persigue incluso a los que emigran, «ya están lejos de Cuba, y sin embargo siguen transportando ese miedo, tratando de no decir públicamente lo que piensan para que eso no vaya a conspirar con un posible viaje a Cuba», dice la autora de Generación Y.

Viviendo en España he tropezado con ese tipo de cubano que no se moja, que va con orejeras puestas siguiendo a la manada apolítica. Me parece terrible no hacer uso de la libertad que otorga vivir en sociedades democráticas, no comparto esa actitud, pero entiendo que alguien desee expulsar de su vida a la política; lamentablemente ella no se va jamás, estamos regidos por su estigma. Saturados o imbuidos por ella, los cubanos no podemos omitirla, hace 50 años es la madre y el verdugo, la cruda realidad, la desidia, el pan de cada día, lo que nos junta y nos separa.

Viviendo en Cuba no sabía que existían tantos cubanos dentro de la Isla oponiéndose a la dictadura a cara descubierta. Tampoco imaginaba que en el exilio hubieran muchos más que podían llenar la Puerta del Sol o una calle de Nueva York para hacerse eco de su inconformidad con el régimen de ese país del que somos parte, porque nadie puede quitarnos esa condición geográfica que marca nuestro lugar de nacimiento. Nuestro punto de partida.

«Los cubanos vivimos rodeados de un muro (…) invisible formado con censura, con control, con leyes represivas, y el muro no se va a caer porque un héroe se inmole (…), este muro tenemos que empujarlo todos», señala Sánchez para enfatizar que está harta de líderes. Esa misma saciedad sentimos muchos, ante la cual yo prefiero mirar al conjunto de quienes somos, a esa unión que por ahora no llega a concretarse si quiera virtualmente, cuando al final perseguimos el mismo deseo, una Cuba inclusiva donde quepamos todos. Desde dentro de nuestra mente y desde cualquier posición geográfica, el muro que hay que romper empieza en nosotros mismos.

Es difícil disentir en la Isla, pero también lo es en cualquier punto del planeta, porque lo verdaderamente difícil es quitarse la máscara ante uno mismo.
El audio de la entrevista a Yoani Sánchez está disponible en mi Podcast

*El link a Radio Francia Internacional me llegó vía @TwitiMania

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