Digamos que tengo una amiga que de pequeña pasaba mucho tiempo en las clínicas dentales cubanas. Ya fuera para atenderse o para dibujar en una esquina mientras su madre dentista hacía guardia. Mi amiga conoce a la perfección el olor de las consultas, el sonido de la maquinita, no puede dejar de lavarse los dientes antes de dormir porque imagina a su madre recriminándola.

En casa del herrero cuchillo de palo, me dice cuando habla de la pésima calidad de su dentadura, numerosos empastes minan su boca. Por suerte siempre ha tenido la ventaja de ser hija del herrero y tener la posibilidad de haberse empastado sin problemas, sin largas esperas ni carencia de materiales, algo que para el resto de los cubanos sin parientes dentistas es un verdadero tropiezo.

El panorama se complicó cuando su madre se fue de misión internacionalista, a arreglarle gratis los dientes a “nuestros hermanos latinoamericanos” mientras mi amiga tuvo que recomendarle a su cuñado un protesista, que pago mediante, le reconstruyera un diente roto en mitad de la boca.

Ella también tuvo que atenderse en la ausencia de su madre. Gracias a los contactos de ésta no tuvo que ir por vías de pago, pero ya no gozaba de iguales privilegios, una larga espera en el salón era la evidencia. El intenso calor de la estancia mal iluminada, los bancos derruidos, el falso techo manchado, las paredes despintadas; la precariedad del local la deprimieron, fue la última vez que se atendió en Cuba.

Recuerda que el dentista conversaba con una mujer mientras le examinaba. Por la ventana que daba a la calle pasaba la gente mirando hacia dentro, el polvo de La Habana se levantaba en el aire, en la consulta había otro estomatólogo trabajando, la asistente tarareaba una canción de Haila que emergía de la radio, entraban y salían personas dejando la puerta entreabierta. Mi amiga cerraba los ojos para que todo pasara rápido, por la falta de anestesia sentía la intensidad de la maquinita perforando la muela y le molestaba estar expuesta a ojos intrusos.

Ella reconoce que el dentista hizo un empaste de calidad a pesar de tantas interrupciones –en una ocasión se levantó a contestar el celular y la dejó con la boca abierta, en otra alguien apareció con cerveza a la que el doctor le dio unos buches–; de cierto modo comprendía porqué estos médicos cobraban clandestinamente, había visto lo poco que significaba ser un estomatólogo incorruptible. Su madre en más de 20 años de trayectoria laboral no poseía bienes materiales de valor y malvivía con poco más de 500 pesos cubanos al mes, unos 20 euros aproximadamente. Lo que justifica que irse a un país distante a trabajar por unos 120 dólares al mes signifiquen una mejoría.

Lejos de ofenderse por el trato poco ortodoxo del dentista habanero, mi amiga tenía que sentirse agradecida.

Lo comprobó cuando emigró a España y sus problemas dentales se agudizaron.
–Tengo tres caries, te lo puedes creer, ahora tendré que aflojar una pasta que no veas –dijo por teléfono a un amigo en común que vive en Estados Unidos.
–¿Allí la sanidad no es pública? –preguntó extrañado él.
–La sanidad sí, los dentistas no.
–Pero, ¿los dentistas no son doctores?
–No, son joyeros que ponen empastes de oro, 50 euros cada uno.

A menudo mi amiga tiene pesadillas donde pierde toda la dentadura y no logra ponerse dientes nuevos. Tiene el tic obsesivo de pasarse la lengua por las dientes para detectar irregularidades. Se cepilla compulsivamente después de cada comida, pero nada la salva de acabar en las consultas dentales.

Las clínicas españolas están climatizadas y pintadas pulcramente. A la doctora la buscará cubana, porque si alguien se va a forrar con su dinero, mejor que sea a quien obligaron a trabajar por un mísero salario en su propio país. Es atendida con mimos y toda la sofisticación posible, con una pequeña cámara sobre los molares mi amiga ve en un monitor las perlas negras que destruyen su boca.

Todo huele a esterilizado, a limpio, pero también en el fondo está el mismo olor de su infancia. Cierra los ojos y se transporta al pasado. Imagina que es su madre quien le atiende, siente ganas de levantar la mano en señal de stop, como hacía cuando llegaba un hilillo de dolor; pero ahora no le duele, le han puesto anestesia, la doctora conversa con su asistente, –porque los doctores siempre conversan, en eso se parecen a las peluqueras, las recepcionistas y los camareros– conversación entrecortada por indicaciones donde la doctora pide materiales y le da a elegir a mi amiga: ¿empaste blanco o amalgama?

La obturación termina pronto, le indican que puede regresar al día siguiente si siente molestias, sin coste adicional claro, y que puede fijar cita para la próxima consulta si lo desea. Pero mi amiga no precisa nada, su irregularidad legal repercute en sus ingresos. Las dos caries que quedan tendrán que esperar.

Mi amiga sale de la clínica con una mezcla de irritación y bienestar. Considera que la odontología debería estar incluida en la sanidad pública española, pero a la vez está complacida por poder pagar por un servicio y que éste funcione eficazmente. Sin embargo, no puede dejar de pensar en que muchos herreros cubanos serían joyeros como en España, si los médicos cubanos no fueran considerados una mercancía, rebajados a obreros mal pagados, llevados al límite de la delincuencia.

Digamos que mi amiga está harta de la cariada irrealidad de nuestra Isla.

 
(Gracias a Charly por la idea inicial)