Una de las fuentes de mi barrio Prosperidad en Madrid, España.

Anoche se acabó el agua en casa. Minutos antes escuchamos su sonido caer desde la azotea del edificio. Se trataba de una tubería rota que desató la catástrofe; un edificio entero sin poder lavarse los dientes, alguno seguro se quedó sin duchar, –o en mitad de baño–.

Casualmente, un colega del trabajo me comentó que le habían quitado el agua en su edificio madrileño la mañana del viernes, para que no olvidará su reciente viaje a Cuba. Bromas aparte, si caótico era en la Isla la ausencia del preciado líquido, lo es también en un sitio como éste donde no estamos equipados en casa para estas carencias. Anoche no teníamos ni para beber -bendita aguita de la sierra, cuando vivía en Málaga tenía que pagar por la embotellada, pero aquí me llega directo al grifo, fría y excelente agua de manantial-. Ante este problema mi madre me diría, con su característica inocencia isleña, que me busque un bidón donde almacenar agua por si acaso. Pero en realidad ese “por si acaso” en España no es necesario. Compramos unas botellas en el supermercado que está abierto 24 horas –agua de otra sierra, la de Granada–, y sobrevivimos a la sequía que ha sido solucionada exitosamente esta mañana de sábado.

Un amigo catalán siempre está con eso del ahorro, entiendo su preocupación ecológica, pero siempre que puedo pegarme una buena ducha lo hago, por toda el agua en deuda a lo largo de 27 años bañándome con un cubito y un jarro, cargando tanquetas con agua por las escaleras desvencijadas del solar de la Habana Vieja, persiguiendo a las pipas, sobornando a los piperos para llenar la cisterna reseca mientras en frente del edificio una fuente en un parque cercado vertía agua indiscriminadamente.

La ironía de una realidad absurda donde el anhelo de prosperidad era la sed de cada día.


Otra de las fuentes “prohibidas” de mi barrio en La Habana, Cuba. (WIKIPEDIA)

De esa experiencia en La Habana, un fragmento de mi novela* en proceso:

–¿Quiere agua?

–No, gracias –dijo la delegada, por suerte pues cuando abrí el refrigerador sólo había una ínfima cantidad en mi pequeña botella y una jarra de zumo de mango que hice en la tarde. El resto del agua de tomar estaba caliente, la hervimos para quitarle los parásitos.

La delegada se fue. Tenía el rostro cansado y la voz apagada, ni tenía ánimos para exaltarse como siempre lo hacía en contraposición con su figura enjuta y desgarbada. La delegada es una flaca de unos 45 o 55 años, aunque quizás tenga menos, o más, no lo sé, es una mujer con cara de bruja de cuentos de hadas. No me cae bien, está de parte de ellos, es como ellos, grita como ellos, piensa como ellos. Me daba gracia que mi novio recurriera a la ironía de ofrecerle agua a modo de cortesía en una casa donde no entraba “ese apreciado líquido” desde hacía varios días –escasamente dos cubos cada madrugada, que alcanzaban apenas para bañarnos y cocinar una comida al día–, motivo primario por el cual la habíamos mandado a llamar, aunque el motivo de peso era como siempre: ellos.

Ellos pusieron un grifo ilegal en la escalera. Esto es algo completamente absurdo, aburrido, intrascendente, para mí misma resulta humillante escribir sobre esto, pero es mi realidad. Ellos conectaron a la tubería de la cisterna un grifo que intercepta la entrada de agua de todo el edificio. Ahí pusieron un motor –un ladrón como le llaman por aquí, nunca mejor dicho– y suben el agua directamente a sus tanques. Resultado: nosotros no alcanzamos agua.

¿Quiénes son ellos se pregunta usted?

Mis vecinos, exclusivamente TODOS mis vecinos. En este solar de sólo cinco habitaciones nosotros somos el elemento discordante. Nos odian. No es paranoia, no es recelo, es la verdad; nos odian por todo lo que somos y lo que no somos, por no tener el menor contacto con ellos, por no ser como ellos, por no ofrecerles el café recién colado, la cháchara trivial, el azúcar, la butaca frente a la televisión, contar chismes, oírles los problemas, porque no somos “la gran familia” que la delegada –en su afán comunista– dice que es cada edificio, ciudadela o solar de esta Habana nuestra, la Capital de todos los cubanos, como intentan, sin éxito, hacernos creer.

Cuando la delegada se fue sin darnos una respuesta sobre el asunto del ladrón de agua empezó a llover con fuerza sobre la ciudad. La ventana de nuestro dormitorio se abría constantemente, la lluvía se filtraba por las rendijas de otra ventana que da a la terraza. Tuvimos que clausurarlas momentáneamente clavándole unos palos en cruz. El televisor se mojó. El agua empezó a chorrear del techo, corría por la pared y humedeció el cartón de la fotografía del muro, parte de la serie que mi novio expuso el año pasado, metro y medio de una pared de toscos bloques grises, uno sobre otro, una foto que siempre me recordaba aquella película “Dark City” donde el protagonista intenta descubrir lo que existe detrás del muro y al destruirlo se encuentra con el espacio exterior, la nada, la galaxia, el infinito, el final del camino. Esa fotografía siempre me ha convidado a desear saber qué existe detrás, un pequeño borde en el extremo superior deja ver el cielo del otro lado, un pedazo de azul invitándote a cruzar, pero también me sobrecoge la aspereza de la tapia, el bloque crudo, los trozos de cemento, la pared descarnada de adornos; esa imagen me recuerda la sensación que tengo cuando me asomo a la ventana y miro este paisaje de edificios desmoronados, antenas, casas coloniales transmutadas en barracones, palacios donde una vez vivió algún conde, alguna marquesa, edificios de los años 40, almacenes de los 50, versiones de un puzzle de concreto, ratoneras con rejas, azoteas derruidas, mi Habana pobre, mi Habana Vieja donde ahora tengo que cerrar la ventana porque la lluvia viene contra mí.

Es una ironía este aguacero. Hace sólo un instante el sol cubría las calles cayendo vertical como el filo de un cuchillo, brillando desde el dolor de 38º grados a la sombra, y de pronto todo gris, nubarrones, rayos, truenos, lluvia de verano que nos ha hecho correr el ordenador, los muebles, los cuadros, todo lo que estuviera próximo a la pared que gotea, el agua no cesa de entrar hasta la mitad de la sala mientras en las tuberías su ausencia crea un eco.

Mi novio conversa con su hermano que nos visita esta semana –cada vez que tenemos visitas invariablemente nos quedamos sin agua–, yo me escapo al dormitorio, busco un libro y me acuesto a leer poesía mientras escucho la lluvia chocar contra la ventana. Veo las gotas sobre el vidrio, la gris Habana detrás, el leve naranja que asoma en el cielo cuando va escampando. La certeza inevitable de amar una parte de lo que me duele, o de buscar belleza en todos los rincones que mis ojos recorren, de preferir la poesía y el sueño, a la violencia y el tedio.


05. untitled, wallpaper, de la serie On Self, Lindomar Placencia, fotografía.



*© Lien Carrazana Lau. Todos los derechos reservados.

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