Un espacio para historias de otros escritores, artistas y amigos cercanos a mí que desean compartir con los lectores de este blog.

Carlos Luis Pujol es ajedrecista, pasó por el taller literario Onelio Jorge Cardoso, estudió cine en el ISA, escribe en NY al día, en CUBAENCUENTRO.com, y es mi amigo desde tiempos remotos.


SED, un cuento de Carlos Luis Pujol*

Siente como la sed lo atrae de algún lugar frío y desértico.

–Qué cosas tengo: el infierno, frío.

Abre los ojos y las rendijas de la ventana se cuela la nada de la noche, aún. Le pesa levantarse y eso que en toda la madrugada no lo ha hecho ni para orinar. Suspira, y un viento de sequía le recorre la garganta, levantando oleadas de arenisca.

–Lo peor de todo es llegar a viejo –se lamenta. Pero es un lamento mecánico, arrastrado por esa sed que lo atormenta. Se sienta, y por la sorpresa de que el cuerpo le sea tan ligero de llevar, apenas nota que ha dormido atravesado en la cama. De un salto está de pie.

–No puedo tomar tanta cerveza– ríe.

La sed persiste, camina ligero hacia la cocina, a donde el refrigerador. Allí, busca la llave del candado en los bolsillos del pantalón, sin encontrarlas: no es que no halle las llaves, es que no encuentra los bolsillos.

–¡Pero…! ¡Si estoy encuero!

Avergonzado, se pregunta cuánta cerveza bebió que ni siquiera recuerda el momento de quitarse los pantalones.

–¿O me lo quitaron?

Con el temor de encontrarse con algún trasnochado de la familia, vuelve sobre sus pasos, casi corriendo, hasta llegar frente a su cuarto, jadeante y atónito: el pantalón está sobre la cama, dibujando el relieve de un cuerpo que mientras más se acerca es más suyo.

Lo cree, por supuesto. Pero no por esperada, la contingencia es de su agrado. ¿Quién se va a ocupar ahora de los biznietos, de sus palomas, de los trastos y de los mandados de la casa? ¿Dime, eh? ¿Quién?

–¿Y mi pensión del mes que viene? ¡Qué desperdicio!

De puntillas se acerca a mirar sus ojos como quien se asoma a un pozo: sonríe, y no se encuentra en su rostro amargo.

–¡Cómo se te ocurre! ¿Eh? –le increpa todo decepción y se sienta a su lado, aunque al momento está de pie, regañando como lo haría con sus biznietos, cejas juntas y manos aspavientosas.

–¡Coño, si hasta te measte! Ya me extrañaba a mí.

La sed le serpentea por el esófago, pero decide que lo mejor es ponerse decente y airear el cuarto. Brazos en jarras, calcula el paisaje y toma decisiones:

–Lo primero es virar el colchón mea’o y cambiar las sábanas.

Pero su cuerpo, más pesado que nunca, impide cualquier acción.

–No queda más remedio –dice, y tomándole por los tobillos, lo arrastra hasta un rincón del cuarto. Rápidamente arregla la cama, para encontrarse con el dilema de la suciedad y el hedor del cuerpo. No lo piensa: lo arrastra hasta el baño y lo introduce en la bañadera. Abre la ducha y tiene la sensación de mojarse dos veces: el agua lo atraviesa y se hace notar con desesperación que no podrá saciar su sed.

–Mira pa’ esto, chico –dice sacando la lengua, intentando capturar alguna gota.

Aún sin salir del asombro, cierra la ducha y retorna al cuarto con su cuerpo a rastras. Se secan, y al otro, luego de subirlo a la cama, lo viste de pantalón, frac y chistera, le pone los viejos zapatos de 2 tonos, y el bastón de toda la vida lo coloca sobre el pecho, bajo los brazos cruzados, e incluso tiene el detalle de rociar un poco de colonia sobre las mejillas lampiñas; se aleja de la escena, y nota que le falta algo al paisaje: descuelga de la pared un sombrero de yarey y le cubre las manos con él.

–Ya está.

Observa la obra: parece un suicida, pero al menos está presentable. Apaga la luz, pues ya comienza a clarear.

Un cansancio inmenso lo invade, y como si fuera lo más natural del mundo, penetra en su vieja y descosida piel. Desde allí recuerda su sed centenaria, como le cierra los ojos y lo transporta a un lugar lejano, frío y desértico.

–Me tengo que morir, coño, me tengo que morir, no soporto esta sed.

*Carlos Luis Pujols©Todos los derechos reservados.