Los dos últimos años en La Habana logré tener un televisor a color (chino, o lo que es lo mismo, Panda) y un tiempo después un reproductor de DVD donde pude ver muchas películas, series, documentales que nos pasábamos de mano en mano amigos y (des)conocidos. Antes de eso en mi casa había un televisor ruso en blanco y negro, no me quedaba otra que escapar a los cines, dos pesos cubanos por ver cualquier película y alejarme de lo monocromático era casi un regalo (siempre hay algo salvable, por eso la vida no es en blanco y negro aunque se empeñen en ponértela así). El cine era entonces una manera de fugar, como leer, soñar, beber, follar, cada uno escoge como escaparse. En Cuba la gente necesita evadir su realidad un poco más de lo normal y ese viaje prometido por el séptimo arte allí se cumple, así sea un pésimo filme de delincuentes salvadoreños, una historia de pandilleros colombianos o un ciclo de cine alemán, indonesio, uno quiere boleto al mundo y para algunos este el único modo.

Me gusta el cine pero en España no he ido a ninguno, son caros para lo que mi economía se puede permitir. Sí, lo digo sin pena, no he estado en un cine español, no me he gastado en dos años ni dos ni diez euros en sentarme a oscuras frente a una enorme pantalla, y ahora que lo pienso, molaría… (Por eso llegado el momento he de reservarme como virgen para una película que lo merezca). Pero sigo viendo mucho cine, todo el que puedo, el cine P2P.

En La Habana la red era en la realidad, íbamos a casa de alguien con un disco duro o con un tubo de DVDs y copiábamos muchas pelis, nos prestábamos las copias, conocíamos gentes por los IRCs de la intranet parcheada y compartíamos listas. Personas a quienes sólo conocí de intercambiar archivos y luego comentar por el chat: viste tal… más cual…

Cuando veo una película que me gusta tengo un deseo enorme de que otro la vea, de compartir con mis allegados. Mi criterio es el de una espectadora media, sólo pido un ‘buen viaje’, una escena que mi mente no olvide, con eso basta. La adicción a ver cine en Cuba era porque llenaba eficazmente las horas muertas (que eran casi todas), me podía tirar tardes enteras viendo El último tango en París, Lucía y el sexo, la diez mil películas de Almodóvar, de las que nada me gustaron las últimas y mucho me divirtieron las primeras. Vi casi todo lo de Ingmar Bergman, algunas eran muy aburridas, en otras vi ideas memorables. Vi películas de Kim Ki-duk que a algunos les parecen bodrios, pero yo necesitaba de la magia de El Arco o el extrañamiento de Hierro 3 para olvidar que La Habana fuera de la pantalla era tan descolorida.

De allá nos trajimos nuestras películas preferidas. Consumo mis dosis puntuales de lo último de Hollywood para maravillarme con los efectos especiales, Matrixs infinitas o Club de la pelea con certezas abofeteadas. Cine americano para disfrutar con Píxel, con historias de superhéroes de cómic, con la impecable animación Coraline de Tim Button, y descubrir a Un Ruso en Nueva York, una película de 1984 que les quiero recomendar, especialmente a quienes un día decidieron decir: me fugo, me quedo. O lo que viene a ser lo mismo: quiero una nueva vida, quiero ser libre, quiero ser feliz.

Me gustaría decirles las cosas con las que conecté cuando vi a este músico soviético abandonar inesperadamente la delegación del circo ruso de la que formaba parte, burlándose en la cara de los chivatones que informaban al KGB, gritando en medio de una mole del consumismo americano: «Yo deserto». Pero no quiero contarles nada, quiero que la vean, que sonrían o se conmuevan con los desmanes de un ruso perdido en Nueva York, un hombre que busca la libertad sin saber lo que es, una victima de la política, porque cualquiera que escapa de un régimen totalitario lo es (eso los americanos siempre lo han tenido más claro que los europeos).

Me conmovió una historia que se repite veinticinco años después en esa población de cubanos que seguimos llegando en medio del otoño español, del más crudo invierno alemán o de la ríspida polvareda de Luanda, aferrados a un sueño que desconocemos. Como desconocemos esta película sin guión previo que es nuestra vida, ésa que no es blanco y negro, pero donde a veces el color duele (los fotogramas que algunos querrán olvidar, que nunca contarán por tristeza, o por no preocupar a quienes les quieren, de quienes eres “la esperanza”, el que logró escapar y la vida tiene que sonreírle a toda costa… A veces nadie está esperando al otro lado de la sublevación, eres un cimarrón en una jungla superpoblada de cimarrones, eres uno más en el todo cotidano); pero hasta dolor se aprende, se sobrevive, uno crece. Y tarde o temprano, con más o menos suerte, aprendemos a luchar, a vivir, a ser felices. Aprendemos que la libertad es más que una palabra.

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