Primero sé libre; después pide la libertad.
Fernando Pessoa

Cuando me encuentro con algún cubano por estos mundos siempre hay preguntas obligadas: ¿de qué parte de Cuba eres? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Al decirles que dos años exclaman: Dos años sólo… La frase lo dice todo, dos años es suficiente para sentir que La Habana se va desvaneciendo en el recuerdo aunque trate de atraparla, pero dos años es muy poco para formar parte de este nuevo contexto. En resumen, estás embarcao, dos años no son nada cuando se trata de levantar cabeza desde cero. Estás en el comienzo, ya sabes tomar el metro sin mapa, ya sabes que nada es 'por la patilla', que hay que luchar bien duro cada euro, que no basta con ser un profesional en lo tuyo, que si hay que poner cañas y fregar platos lo harás, si hay que tragar en seco y seguir lo harás.

Lo frecuente es que la gente omita esta parte de la historia, a la familia en Cuba cómo les vas a explicar que casi no te llega para acabar el mes si ellos sobreviven con la libreta de abastecimiento, si tú eres su esperanza, el símbolo del triunfo, el que logró escapar. Cruzar al otro lado de la nada que es el mundo para un cubano que nunca ha viajado.

Extrañar a La Habana es inevitable, un cubano que lleva 50 años fuera también extraña algo que sólo existe en su mente. Pero La Habana de mi mente es una realidad cercana, sólo dos años han pasado de irme de un país que persigue a sus ciudadanos aunque se escondan en Alaska, Singapur o Hungría. Algunos buscarán las noticias en los telediarios. Irán a Cuba cada vez que puedan, tratarán de llevarse cada recuerdo aunque tengan que volver a maldecir el calor, la podredumbre de las calles, la estafa gubernamental. Otros renunciarán a todo, tirarán el pasaporte azul en una gaveta clausurada, pero les quemará la palabra de cuatro letras como un tatuaje de fuego en el cuerpo. Algunos lucharán con lo que tengan en sus manos. Otros aprovecharán las pesadillas para vender souvenires de la tristeza. Una verdad es común para todos, nadie puede escapar de Cuba, todos llevamos la marca de agua en la frente, dentro de nuestra conciencia, en lo escondido de alguna evocación, ella nos pertenece aún desde cualquier destierro.

Regreso a ella una y otra vez. Me dicen que estoy obsesionada con el tema. Reviso diariamente blogs y periódicos, sigo su rastro en Twitter, busco una ventana de su presente en la música de Los Aldeanos, en las fotos que cuelga Orlando Luis, en esa caja de Pandora que se destapa cuando logras ver la verdad que te intentaron esconder, esa otra Cuba que no publica el Granma, esa realidad paralela de presos políticos por escribir lo que pensaban, de damas de blanco gritando Libertad junto a sus nietos, de dos millones de cubanos dispersos por el mundo a quienes se les niega el legítimo derecho de la ciudadanía.

'Divide y vencerás', dice el refrán que se practica desde el poder en la Isla. Así estamos, los cubanos de uno y otro lado del mar, los de Miami, satanizados ante la opinión pública, -me niego a repetir esa palabra despectiva que se impuso para los que están en contra del régimen castrista, es tan infantil y estúpida como aquello de 'El que no salte es yanki'- estamos ninguneados por decidir vivir en cualquier punto del planeta, Cuba nos tacha con una cruz, y nos da el pésame. Nos penaliza por ser libres.

Sólo nos queda el derecho a gritar a los cuatro vientos lo que sabemos, porque cada secreto roto, cada verdad esgrimida ayudará a construir una sola Cuba.

'En la unión está la fuerza', reza otro dicho, por esa premisa sé que importa poco donde estés, desde dónde disientas, porque pueblo –esa palabra maltraída y maltratada- somos todos, porque yo también cogí camello, sobreviví con la libreta, y sentí que todo era muy injusto. Porque lo sigo sintiendo aunque me fugé de la isla calabozo. Porque no olvido. Y no perdono. Porque deseo abrir los ojos una mañana y que las cosas empiecen a cambiar de verdad.