Ante la pregunta: ¿por qué escribes?, las respuestas pueden ser infinitas según el interlocutor. Leí en alguna parte: Cuando no encuentro ese libro que deseo leer lo escribo.

«Soy más un lector que escribe que un escritor que lee. No me interesa conocer los trucos de los demás y mucho menos los míos. Aparte uno nunca está totalmente capacitado para eso. Cuando uno conoce los trucos, también, está la terrible tentación de caer en la autoparodia o en el pastiche.» Dijera Rodrigo Fresán en entrevista a Fabrizio Tocco, publicada en hablandodelasunto.com.

Hace un tiempo conversé con un escritor reconocido sobre los talleres literarios y si eran, o no, necesarios para la formación de un escritor. Para él, que nunca formó parte de ninguno, ni recuerda que lo necesitasen Proust o Dostoievski, los talleres no te hacen escritor; aunque no recuerdo exactamente su conclusión y puede que esta afirmación sea más mía que suya. Porque yo, a pesar de haber estado en tres o cuatro talleres literarios, pienso que ningún taller puede hacerte escritor por mucha “técnica y teoría” que te enseñen. Escribir está en otra parte. Como La vida… de Kundera.

Eso sí, la experiencia me trae otras conclusiones positivas que ahora prefiero no enumerar, quizá en el punto actual en que me encuentro sean las personas que conocí una de las mejores cosas que me llevé. A algunos de ellos les pregunté que opinaban. Los de la Isla me respondieron por e-mail. Los que vivimos en la diáspora pudimos hacer un mini-debate en Facebook.

José Miguel Sánchez Gómez (Yoss) me envió un fragmento de un texto donde reflexiona sobre el asunto: (…) Parece que, a la larga, no resulta tan importante empezar temprano o empezar tarde, sino simplemente escribir bien, y mucho.

Por eso mismo es que animo a tantos que se me acercan con historias torpes, mal escritas pero imaginativas. Creo que hasta la página peor escrita es mejor que la hoja en blanco. No los engaño: escriben, sí. Pero casi nunca lo hacen todavía lo bastante bien como para que valga la pena publicarlos, y trato de que entiendan por qué; qué les falta, y qué es preciso que aprendan. No me hago ilusiones: lo mismo que Eduardo Heras León, Raúl Aguiar y los demás promotores del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, sé que no todos los que pasan un curso de técnicas narrativas o asisten a un taller se convertirán en escritores. El camino es largo y difícil. Pero por alguna parte hay que empezar.

Orlando Luis Pardo: En la práctica, la mayoría de los talleres literarios enseguida tienden a formalizarse demasiado. Se reproducen jerarquías y tabúes y poses y demás telarañas que impiden el desbocamiento del espíritu libre del escritor. Habría que hacer un antitaller, que los hay. Crear un coto cerrado donde ensayar fórmulas y lenguajes de secta. Entrarle a la academia con respeto, pero por el reverso. Oír mucho y emborronar mucho y no hacerle caso a mucho, salvo a la pulsión de no parar de escribir. Habría que hacer un taller de entrenamiento, de entretenimiento. Un campus socializador para ganar tiempo y temple e ir acumulando algunos textos que sirvan antes de volvernos locos o paralizarnos o suicidarnos como creadores. Un taller que fuera un torno, pura vorágine en revolución. Máquinas de machacar. Al margen de todo prestigio y diplomacia de diplomas. De pinga, vaya, algo que hoy por hoy puede implementarse únicamente en el desierto de Sahara y en Cuba.

En La Habana de los años cero, fui un privilegiado al ser contemporáneo de Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD) y sus talleres y laboratorios y clínicas. Ese tipo maldito fulminó toda una raza de apóstatas cuando parecía que el apóstol iba a sobrevivir. Así, la literatura poscubana del siglo XXI estará en deuda paradójicamente con un tallercito de Centro Habana, cuyas sillas plásticas las donó el Ministro de Cultura Abel Prieto.

Lizabel Mónica: Creo que los talleres no son imprescindibles, pero pueden ayudar. Por mi parte confío más en los talleres de narrativa que en los de poesía, pero en ambos creo que se trata de apoyar al tallerista con información y difusión de materiales, además de proporcionarle un intercambio con otros que se hayan como él, intentándolo. Es sabido que una vez que se alcanza algo, que unos llaman oficio, otros voz propia, y otros sencillamente seguridad, no se necesita más el taller. Más bien molesta o perjudica en esta etapa, donde el diálogo por obligación se vuelve más interior que exterior. Pero para quienes comienzan, los talleres pueden ser útiles. No creo, repito, que para dictar maneras e imponer escuelas, sino más bien para un proceso colectivo del que el asesor también ha de salir agradecido, ya que la experiencia de aprender preguntando lleva a mucho más que a la experiencia de aprender mediante respuestas. Leer, dicen la mayoría de los escritores, pero creo que también sirve el intercambio de opiniones y materiales, las discusiones, los debates… No se llega a escritor por ese camino -ya se sabe que cada cual tiene que encontrar su propio derrotero, del cual nadie podrá advertirle por mucho que se esfuerce-, pero sí se adelanta un buen trecho.

Carlos Luis Pujol: China, no soy el mejor ejemplo para opinar el respecto, pero parece que la respuesta se cae de la mata: eso depende del mismo taller, de quienes lo conforman y el espíritu colaborador de los mismos. La masividad con que se hicieron en Cuba (hablo de los municipales) no debe ser bueno, porque la cantidad nunca ha pegado con la calidad, y los talleres municipales es ejemplo de ello. Sin embargo, algunos escogidos, un asesor de experiencia y una selección adecuada de los participantes es la mejor aproximación a la calidad de un taller… El del chino Heras es uno de los que reúne estas características, y si bien no todo el mundo sale de ahí escritor, por lo menos adquieren la teoría básica. Depende del individuo si se hace o no. Otro ejemplo que me gusta, las clínicas de Jorgito Aguiar, pero para mí fallaba en la masividad. Por mucho deseo que tenga un asesor, no todo el mundo se hace escritor.

Lilia Collar: Y ya para decir lo otro que se cae de la mata: es que la creatividad de algunos “muere” cuando le muestras las técnicas o medios para llegar a su fin, es decir una obra, y la de otros se realza. De ahí que no se trate de catalogar a los talleres en buenos o malos per se, sino en entender el tipo de creativo o artista que asiste a ellos.

Guennady Rodríguez Delgado: Yo agradezco mucho a los talleres, no importa, en mi opinión, si muchos de los que pasaran no acabaron siendo escritores (al menos… no todavía) Creo que permitieron que muchas personas, con intereses comunes en la literatura, se reunieran, compartieran visiones, textos, entendieran mejor el acto de la escritura y se influenciaran los unos a los otros… La calidad de los textos, siempre será un juicio nublado. En cuanto a mi experiencia, también creo que la klínica de Jorgito fue la más impactante, puesto que no se centró en las técnicas narrativas, sino que fue directamente a trabajar la personalidad misma del escritor; la klínica fue una oportunidad que no se ha repetido más. Creo que todo taller amplió un poco más las habilidades de cada persona interesada en escribir. Algo que se ha criticado mucho, es la capacidad y preparación de los asesores, pero sucede como con esos sabios singulares, cada taller tenía una especie de visión guía y uno, simplemente, tenía que aceptar que no encontraría en ninguno la verdad literaria definitiva, pero en cada taller que participara, habrían más pistas que seguir, nuevos juegos, nuevas prioridades e incluso, nuevas barreras… con la suficiente inteligencia, podía ir creciendo, como cuando se atraviesa por cualquier aventura.

Antonio Arazo: ¿Son imprescindibles los talleres literarios? Claro que no. Si lo fueran, la historia de la literatura estaría unida a la historia de los talleres literarios. Hablaríamos de los Grandes Talleres de la Humanidad. El clásico de los jónicos donde se formó Homero, el de Misha que enseñó a Tolstoi y Dostoievski (que estaba enfrentado al de Chiburaska, donde militaban Pushkin y Gogol).

¿Has escuchado alguna vez hablar de cosas semejantes? ¿No? Entonces, si la literatura ha avanzado veintitantos siglos sin talleres literarios es que no deben ser indispensables.

Siempre he pensado que los talleres han sustituido a las tertulias literarias -en palacetes nobles o tabernas-, los salones, como el de Gertrude Stein; la compañía de otros escritores inquietos. Si tienes en tu entorno un par de colegas que te hagan de críticos despiadados y además sabes leer con los ojos bien abiertos no necesitas ir a un taller.

No aprenderás qué es prolepsis, analepsis, mudas espaciotemporales, diégesis, omnisciencia, pero seguramente no lo necesitarás (como no lo necesitaron Cervantes, Flaubert y otros tantos) (… y si quieres aprenderlo siempre te quedará buscarlo tú mismo en libros técnicos).

Ir a un taller no te va ha dar nada si no te esfuerzas, si no te exiges, si no lees con espíritu crítico, si no te arriesgas a ser despedazado por los amigos a los que desbarataste hace dos días sus nuevos relatos.

Ir a un taller puede ayudarte (puede ayudarte mucho) pero no es imprescindible.

Ir a un taller puede ser divertido.

En un taller puedes conocer gente interesante, inteligente, con tus mismas inquietudes (también a otros que no valen nada).

En algunos talleres hay chicas muy guapas.

Claro, si eres un genio quizás no necesitas ni talleres, ni colegas hipercríticos, ni lecturas, pero yo que tú no me arriesgaría.