A principios de año inevitablemente uno lo etiqueta todo como novedad: el primer libro, la primera cena, la primera borrachera, la primera noche de amor, el primer regalo, la primera contrariedad, el primer filme del año…

Mi primera película de 2010 ha sido ‘El día que Nietzsche lloró’ (2007), de Pinchas Perry. Más que todo me dejó la sensación de querer re-leer a Nietzsche, buscar esa visión del pasado, que es también una visión del futuro. Últimamente estoy influida por eso que llamamos ciencia-ficción, quizá la culpa es la lectura de ‘El fondo del cielo’ (Mondadori 2009), de Rodrigo Fresán, mi última lectura de 2009 que sigo estirando a 2010 porque hay libros que son como esos romances que no quieres dejar ir aún cuando tienen fecha de caducidad.

«La gente prefiere vivir en el planeta llamado Presente sin darse cuenta que ése es el planeta cuyas civilizaciones tienen menos historia o prosperidad. La gente prefiere no pensar»
(Rodrigo Fresán. El fondo del cielo.)

Pensar en presente. Vivir en presente. Es imposible otro modo de vida. Pero eso no excluye a la memoria, “esa máquina del tiempo gratuita”, ahí está nuestro boleto al futuro, ése que nos prometieron con naves espaciales y mundos paralelos. Y que debía llegar en el 2000.

Forzando la memoria puedo regresar a ese año, puedo recordar una playa de Habana del Este, el sol apareciendo en el horizonte, yo en la arena. Estuve rodeada de amigos, falsos, reales, olvidables, entrañables. Bailamos y bebimos. Y el mundo no se había acabado ni mucho menos. En una plaza de Madrid tenia que caminar entre los restos de la fiesta, una década después, entre pelucas multicolores y acentos europeos, tenía que gritar en la avenida vacía: “La calle es mía”. Como mío es hoy el primero de enero y el resto del año, como mía siento hoy mi vida desde que ese accidente histórico no se encarama en mi piel, usurpando el primer día del año.

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.
¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abrid los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos.
Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: «Yo el Estado, soy el pueblo».
(Así habló Zaratustra. Nietzsche.)

No olvido. Vivo con intensidad sin olvidar. Cada año que acaba la alegría y la tristeza se acuestan en una cama, se revuelcan como amantes en celo, y me recuerdan que un año nuevo es sinónimo de año de esperanza, y también que un digito nuevo se le cuelga a esa mentira llamada Revolución Cubana.

Diez años atrás quizá no era consciente del valor de la palabra libertad. Una palabra que conjuro desde el futuro, éste que por fin ha llegado para mí. Como deseo que llegue un día para Cuba, porque en esas cuatro letras viven mis recuerdos, mi familia, mis amigos, el planeta de donde vengo.

Havana’s Zoo in 26 St. Foto: Orlando Luis Pardo/Flickr. (Nunca estuve allí)