Reyes y magos siempre me han parecido historias de cuentos, luego es fácil percatarse de que una vez hubieron reyes, que aún hoy los hay aunque me parezca algo del Medioevo. Y los magos no son sólo esos profesionales del sombrero con conejo y cartas flotantes; existe magia real y la hacen los hombres comunes. La hacemos tú y yo también, ellos, vosotros, todos, un poco cada día, a veces sin saberlo.

Hoy he estado en la Cabalgata de los Reyes Magos en su tramo final, en Cibeles. Bajamos en el Retiro y cruzamos la Puerta de Alcalá, azul, azul, aunque sienta que en mi deficiente imagen no puedan ver la intensidad de los colores, el brillo de la luz, el sonido de la ciudad, las voces a lo lejos de miles de personas, los niños; calle Alcalá abajo, una marea de personajillos con escaleras aglomerándose para ver pasar las carrozas.

Últimamente lo grabo todo, literalmente, en una cinta de vídeo, no sé si la obsesión responde a que jamás tuve una cámara y de los 27 años anteriores en Cuba tengo pocas imágenes. Por otro lado mi memoria es deficiente, mucho más que la media, y recordar cada día se me hace más difícil. Antes me apoyaba en la escritura, lo sigo haciendo pero (la escritura no es un medio del todo fiable cuando uno lo que intenta es hacer literatura, y la vida documentada tendría que ser ¿más periodismo?) contar las cosas tal y como son en un texto es desperdiciar cuartillas cuando no puedo ponerle el filtro de la imaginación. Así funciono yo. No me interesa escribir periodismo, aunque disfrute de él y sienta que es cada día más necesario para reivindicar la libertad de la información.

Me interesa más construir imágenes y que a través de ellas puedas ver un fragmento de mis impresiones. De mí en definitiva. Es el egoísmo de mi memoria rebelándose. Aunque sumados todos, somos la historia colectiva en minúscula.

A veces me regodeo en las cintas, miro nuestros pequeños viajes de descubrimiento, imágenes difusas, movidas, luces, gente, lugares sencillos, idílicos, intrascendentes, medievales; espacios que me ayudan a recordar como si hiciera falta convencerme a mí misma de que estoy aquí. «Esto no es un simulacro».

Pero otras hay que apagar la cámara y dejar de grabar. Ver la realidad con nuestros ojos y no a través de un lente. Sentir los colores, los gritos de alegría de los niños, el rojo intenso de las jirafas, que no tiene mi foto ni el vídeo que pude filmar antes de que se agotara la batería y reparara que a mi alrededor un montón de gente se aferraba a una pantalla de móvil, a una Nikon, a un iPhone.

Carrozas piratas, músicos de jazz sobre una taberna con ruedas, un elefante que movía una trompa ficticia, jinetes de gala, los Reyes al final saludando y regando caramelos. Miraba de lejos las capitas y gorros que brincaban sobre los hombros de la multitud. Los niños se lo pasaban bomba.

No me gustan mucho los niños, es una confesión que hago sin pena, quizá no he tenido ese llamado femenino, quizá soy más infantil de lo que parezco y/o puedo ser a mi edad. Si me sueltan en una habitación con veinte niños entro en pánico y hay que llamar a la brigada de respuesta rápida… Bueno, tampoco así, pero no los entiendo mucho, aunque los veo adorables ocasionalmente y recuerdo lo agradable que era ser niña. A veces.

Tuve una buena infancia. Tuve juguetes que quise, mi madre me complacía, en los ochenta no era muy complicado para nosotras. ¡Recuerdan, cubanos!, esa época donde los supermercados se llamaban “Mercado Paralelo” –a otra dimensión que dejó de existir para que sólo hubiera libreta de racionamiento o el mundo extraterrestre de las tiendas de oro, dólares más tarde, CUC del presente–; en el mercado de productos de la URSS mi madre me compraba una barra de peter de chocolate, a ella le gustaban las cebollas y pepinillos en conserva. Mi primer oso se llama Pedrito y me enamoré de él a través de un cristal, como siempre ocurre en las historias de amor a primera vista, lo quiero, lo quiero, y montar la perreta si fuese necesario; nunca tuve otra reina maga que mi madre. Pero un día el cuento se desvaneció. Junto a él los mercados paralelos, la comida de los rusos y el futuro mejor que nos prometió Martí y Fidel no cumplió.

Cuando pienso en todo lo que no cumplieron, en lo que nos quitaron: la Navidad, la libertad, la fantasía que nos de la gana…

Me importan poco las tradiciones, no creo que eso cambie demasiado a estas alturas por muy emocionada que me ponga con los fuegos artificiales; son sólo luces de véngala cuando así queremos verlas, y si queremos creer que existen otros poderes sobrehumanos es también nuestro derecho, y si sólo es consumismo, si lo único que hacemos es repetir la mimesis de una vida de padre a hijo, qué más da, así elige cada uno, cuando elige.

Si tengo un hijo en tierras castizas tendría que llevar mi escalerilla y enseñarle la dichosa Cabalgata. Poner ese árbol de Navidad que no significa nada para mí, igual pongo una palmera o un bonsái, igual en ese tiempo se usará otra cosa, y pondremos lo más clásico para llevar la contraria. Pero no le usurparemos a nuestro hijo del futuro un ritual mundano que a fin de cuentas congrega la felicidad de muchos, que saca sonrisas, construye fantasía colectiva, y sobre todo, porque aunque nos siga dando igual, que sea él quien elija si vale la pena o no una tradición.

Ni a mí, ni a mi madre, ni a mis amigos, ni a muchos cubanos nos han dejado elegir, y eso es una putada que se ha mal-hecho tradición.

Anuncios