Hace un mes y una semana que la tierra tembló en Haití recolocando a ese pequeño y relegado país en el mapa de nuestros ojos. Recuerdo esa noche. Mi preocupación inicial era la alerta de tsunami para Cuba. Trabajábamos en redacción virtual para no perder detalle de lo que estaba pasando. Afortunadamente el agua no llegó a las costas cubanas con intensidad.

Las primeras imágenes del sismo aparecieron en Twitter donde pronto el hashtag #Haiti ocupó el top de los Trending Topics. Los días siguientes sólo eran noticias del terremoto en la tele. Canal tras canal. Periódico tras periódico. Blogs. Grupos de Facebook. Tumblr proponía donar desde su plataforma. Teléfonos de ayuda. Webs solidarias. Colectas en las calles, en las casas, contenedores en los barrios latinos de Nueva York. Cualquier cosa puede ayudar a un haitiano porque su mundo después del 12 de enero dejó de existir. Porque quizá antes su vida tampoco tenía mucho sentido y puede que ahora maldiga no ser parte de los escombros. O quizá no. Puede que justo por tanta desgracia una persona encuentre más fuerza para agarrarse a la vida con uñas y dientes. Ésa es mi esperanza. Mi convicción. Quienes han padecido la miseria y logran sobreponerse valoran doblemente este regalo que es la vida.

Un mes y una semana después ya no salen muchas noticias sobre Haití. Ya el hashtag no está en el top de Twitter. No leo mucha prensa sobre lo que aún está ocurriendo… Aunque todavía me siguen llegando mensajes al móvil para que envíe un SMS como donación y no puedo dejar de preguntarme –como si en realidad le preguntara a la compañía telefónica– ¿por qué los euros no se los manda directamente Orange que tiene más dinero que yo?

Sin embargo, nos confesamos pensando en Haití. Un mes y una semana después. La inutilidad de no poder ayudarles en nada, la tristeza de contemplar tanto infortunio. Sí, no me importa decirlo, lloraba con los rescates, me sobrecogían las pilas de cadáveres, los niños huérfanos, las broncas tumultuarias por un saco de arroz. Me enfadaba con los chistes de mal gusto que algunos osaban hacer en la red. En la galería de los horrores de Chatroulette dicen que algún gringo limosnea un topless con el cartel: “Tits for Haití”. Las paradas de autobuses están llenas de pósters con mujeres negras llorando y el logotipo de Cruz Roja en una esquina… Y es entonces cuando nos preguntamos al pasar frente a Casa de América por qué en ese enorme cartel no dice: AYUDA A HAITÍ

(Casa de América, Madrid, España)

Un mes y una semana después sigo padeciendo la impotencia de no poder hacer nada por los haitianos. Tal vez diez euros míos podrían servir de algo –seguramente muchos han lavado su consciencia con un SMS o un donativo a Médicos sin Fronteras– pero eso no le sirve a mi consciencia si antes no he hecho algo por todos los miserables de mi propio país, por esos campesinos semidesnudos en Camagüey, por esa gente humildísima que sobrevive con 0.50 céntimos de dólar al día, los que comen pan de la libreta, los que callan y rezan porque sus hijos no hereden esa cárcel comunista solapada de pasividad. Si no puedo hacer nada por los que sufren el mismo calvario que he sufrido yo, ¿acaso puedo creer que ayudaré a un haitiano?

El dolor ahora se llama Haití y sólo puedo emocionarme al recordar a una enfermera haitiana, radicada en España, que tras 15 años de exilio decide regresar a lo que hoy es el infierno en la tierra. Y es entonces cuando mi mente vuelve a enlazar a Cuba –mi dolor crónico– porque los “solidarios” médicos cubanos están al servicio de los haitianos, una experiencia que marcará sus carreras y sus vidas pero también sé que muchos de ellos están ahí porque ir a cualquier país –aunque sea en el fin del mundo– es la oportunidad que tienen de mejorar su economía y la de los suyos. Y como siempre sucede, una vez más el régimen cubano los usa para su autobombo mientras los hospitales de mi isla padecen la ausencia de sus batas blancas. Un sentimiento encontrado me remueve: ¿por qué los cubanos estamos obligados a ser candil de la calle y oscuridad de la casa?

Un mes y una semana antes, Haití era un olvidado país en el mar Caribe, el más pobre de Latinoamérica, muchos ni sabían en que parte del planeta quedaba o que existía… Es triste que una catástrofe sea lo que hoy les ha reubicado en el mapa, pero espero que el mundo no les vuelva a olvidar y que esa solidaridad global le sirva al pueblo haitiano para renacer de los escombros como una nación mejor. Yo les dono mi fe. Lo único de valor que tengo en este momento.

Espero que nunca Cuba tenga que sufrir un calvario de fuerza mayor para reaparecer en el mapa… Un momento, ya lo sufrimos desde hace 51 años y el mundo nos contempla indiferente. ¿Qué esperan, ver temblar la tierra acaso?

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