Sonido del agua.

Agua corriendo por las tuberías. Agua. Mi maldita circunstancia no es sólo el agua, mar mental que me persigue aún continente adentro, mi maldita circunstancia eres tú, Cuba.
Sonido de la tristeza.

Tristeza traducida en palabras. En oraciones donde se cuenta la verdad, o la mitad de la verdad. Sea como sea, los hechos. Escapar. Antes me escapa. Antes fallecía en el ciberespacio para resucitar en otros cuadrantes, otras invenciones. Estoy triste. Tristeza indefinida. Hace cinco minutos quizá estaba alegre, estaba satisfecha…

“Satisfaction is my name”, pude decir, dije alguna vez igual que diría hoy, pero ahora no lo diré porque no lo siento, porque me emociono y me recojo en un ovillo ante la dolorosa certidumbre de que un hombre que no conozco puede morir. Sí, me llena de escalofríos ese hombre, sé que nada le importa ya, o sí, una cosa, probar con su muerte que la vida no tiene sentido si no haces algo con ella, y él ha decidido donarla a 11 millones de cubanos que no le conocen de nada. Que en su mayoría no saben quién es, que no valorarán o sufrirán su perdida. Ese hombre está muriendo lentamente en una casa de Santa Clara porque se siente patriota y su creencia le hará héroe, porque cree con fervor que morir por la Patria es vivir —como dice nuestro himno nacional—, por eso está en huelga de hambre y sed desde hace tres semanas, ese hombre se llama Guillermo Fariñas.

Otro hombre cubano ya murió en huelga de hambre. Un hombre preso murió por la libertad de Cuba. Un hombre se inmoló por todos nosotros. Por él. Por su país. Su muerte recorrió los titulares de la prensa mundial. Después, siempre después. Cuando sólo podemos lamentar su muerte. Condenar su asesinato.

Un hombre preso por defender sus ideas murió tras 85 días en huelga de hambre y el régimen cubano le dejó morir que es lo mismo que matarlo, sí, es lo mismo.

Las huelgas de hambre me han parecido siempre un recurso desesperado, un callejón sin salida, un suicidio público. Y ningún gobierno del mundo debe permitir que alguien muera aunque sea ésa una decisión personal, la vida está por encima de cualquier cuestionamiento, la vida es lo más valioso que tenemos y Orlando Zapata Tamayo la perdió con 42 años.

“¡Tiemblen los tiranos ante hombres que son capaces de morir por sus ideas, tras 60 días de huelga de hambre!”, dijera el propio Fidel Castro en 1981, a propósito de la huelga del joven irlandés Bobby Sands y yo me digo, ¿cabe más cinismo por parte del régimen? Eliseo Alberto en su artículo ‘Contra la muerte’ en Milenio nos muestra otras facetas de ese impudor castrista para quién todavía pueda pedir más argumentos.

Este jueves se cumplieron siete años de la Primavera Negra en Cuba donde arrestaron a 75 disidentes y los condenaron a penas de cárcel tan elevadas como si de asesinos en serie se tratará. Esta semana las mujeres, hijas y madres de esos hombres salieron en marcha pacífica por La Habana, vestidas de blanco y con gladiolos en las manos, y la respuesta del gobierno fue enviar turbas de “simpatizantes castristas” a empujarlas, abuchearlas, golpearlas, la policía cargó con ellas, arrastrando su blancura por el suelo fangoso de Párraga. He llorado viendo estas imágenes que hablan por sí solas de la falta de libertad y la represión que hay en mi país.

Estoy asqueada de la política, no quiero pensar demasiado en esto en el tiempo libre que me queda después del trabajo. Trato que mi vida no gire en torno a Cuba todo el tiempo, pero es imposible, la llevo en la piel, está en mi sangre, es mi pan de cada día; es mi deber no olvidar, no renunciar –aunque comparta algunas renuncias de las que hace Roberto San Martín en su vídeo–; no puedo renunciar a los 27 años que viví en mi país, no puedo ni quiero regalarles el pedazo de Cuba que me toca y un sentimiento encontrado me visita cuando escucho al Bi de Los Aldeanos desde La Habana enfatizar qué “la candela es aquí” para abrir –quizás ingenuamente– un poco más ese abismo de mar y de ideas que nos separa a los de adentro y los de afuera de la Caja-Isla. Porque la candela real es en el alma cuando la Patria se lleva por dentro, vayas donde vayas, eso imagino que piensa el cubano Javier Fernández que se encuentra en huelga de hambre desde el pasado 26 de febrero frente al consulado cubano en Santiago de Compostela.

Sí, me fui, me escapé, me salvé, ¿y qué? No soy Fariñas, ni Zapata, ni Mariana Grajales, no tengo madera de heroína, es algo que dicho de este modo puede resultar chocante pero resumido en pocas palabras es una cuestión vocacional, cada cuál debe encontrar su camino de vida.

Quizá tuve que irme muy lejos para encontrar mi nacionalidad perdida, un sentimiento de alienación vive en la juventud cubana, está instalado en nuestras células, es la reacción lógica a una realidad que rechazamos. Hay quién no despierta nunca de ese sentimiento, hay quién despierta lejos, como yo, hay quién despierta en medio de la pesadilla como Claudia Cadelo; estar despierto es lo importante para soñar con los ojos abiertos, con las manos ligeras, con las palabras precisas, con las pocas armas que tengas, con los sentimientos más sinceros, pero soñar despiertos un futuro libre para Cuba. Y hacer lo (im)posible por convertir el sueño en realidad.

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