La pompa: una especie de isla flotante, una isla espejeaste que me busca, que refleja mi rostro en la superficie, un planeta que no sigue el curso de nada, que se deja llevar por el azar, que no gira más que alrededor de sí mismo, en perpetua…

/olvide lo que iba a poner, ¿ves? ¿dónde está mi brainstorming? ¿cuándo tengo que escribir? ¿cuándo la tristeza me derrita las manos sobre un cuaderno de notas, garabateando en tinta roja mi vida, esta pobre, mínima y estrecha vidita de humano condenada a la trayectoria de la Tierra alrededor del Sol?

Escribir es difícil, uno piensa que sólo consiste en dejarse llevar, pero no es cierto. Eso es: paja mental.

Las perras negras: sí, Horacio, las perras negras están al asecho, y me dañan con su ausencia. Me laceran y me salvan, son la cura y el veneno, son la guerra y la paz juntas, en un sólo concepto. No puedo escribir en plena vigilia, –sin emociones por vivir no escribo, viviéndolas no puedo–. Rebasar la apatía y el deseo. El vacío y el éxtasis. Encontrar el punto G de la escritura. Domarla como se doma un sexo en celo. Estar al centro, en la espiral, dentro de mí, sobre mí, en el reflejo. Ese instante de borrar mi humanidad y ser una piedra, una simple piedra en el camino.

Pero ese momento no es hoy.

Ahora soy esa pompa de la felicidad que no se deja explotar.

Viajo sobre los tejados de esta primavera. Subo rápido. Me vuelvo a perder.

Anuncios