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Con ranas y neones

apareces.

Niña dormida en un sueño de siglos

que no han llegado aún.

Niña maloliente

de corona goteando sobre los ojos.

Niña pensamiento

con la boca sucia

de palabras

graves

obscenas

palabras

como cigarros

quemando el agujero de la Luna.

Estás

de regreso de lluvia

que parece un velo de lágrimas dulces

congelando esta turbia ciudad

y tú ahí,

dejándote ver,

entre locos y vagabundos,

entre el lugar común de descubrirte

y pensarte:

dulce niña

apareces

como por milagro

en este mundo equivocado.

Este bestiario de majaguas muertas.

Caminas

con precisión de novia.

Novia de la tempestad y de la huida.

¿Buscas?

Esa bomba de la existencia

que sólo los niños reconocen

y que se halla

bajo todas las puertas,

todos los quicios,

todas las avenidas,

todas las calles.

Y ellos

son los únicos que saben

por qué ahora llueve

como si el mundo acabará

sobre una flecha de fuego

mientras te dejas al triste vicio de vivir.

Deambular.

Simular que eres grande

—igual a los otros—

aunque no sea así realmente, y yo sepa

que escapaste del vientre de la tierra

y no olvidas, en parte,

que esa agua es un signo.

El principio y fin de algo

que sólo tú conoces

y viene con los pasos

de triste niña sola

licuándote los sueños

en gotas y neones

de esta ciudad rota,

dormida tras las nanas infames de sus gentes.

Mientras tú,

yo

la noche,

afuera

caemos en pedazos

sobre las puertas

los quicios

las avenidas

las calles.

 

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* Descongelado de una noche de lluvia en La Habana, en abril de 2003. De cuando escribía a mano, en una hoja de papel cualquiera, en cualquier casa, bar o parque, de cuando tenía una edad tan lírica como para intentar escribir poesía.