Fui una chica de barrio bajo, aunque lo mirara desde lo alto de una azotea.

Una terraza con vistas a un cementerio de edificios, los intramuros de La Habana colonial, ruinas habitadas, y yo tomando café, fumando y soñando con conocer el mundo. Con tocarlo con mis ojos, mis manos, oler el invierno real, conocer la nieve, desandar las avenidas, los parques, los museos… Que las imágenes saltaran de las láminas de los libros a la realidad.

Me daba igual si era Madrid, Londres, Caracas o Lima, yo quería irme de Cuba. 

Y ese pensamiento se repite como un bucle, de cabeza en cabeza, entre los cubanos de mi generación. Casi todos queremos irnos aunque no sepamos el segundo paso a seguir, ni cómo sobrevivir fuera de la burbuja cubana; nuestra desesperación e ingenuidad es tal que nos aferramos a la huida como solución, sin intuir que eso marca un antes y un después, nada volverá a ser igual, el estigma del exiliado es una guillotina invisible que nos despoja de ciudadanía. Pero no nos importa, quemamos las naves y nos entregamos a la nada. Somos jóvenes y queremos salvarnos, no queremos ser como nuestros padres y abuelos. Ellos no nos enseñaron a pensar, nos enseñaron a callar.

Hace unos días conocí a una cubana, me dijo que llevaba tres años en España.

«Yo también», le dije. «¿Has vuelto a Cuba?», me preguntó. «No», le digo, y ella agrega: «¿Por qué, no extrañas?» «Sí, claro, pero no puedo ir, no tengo permiso de residencia…»

Después de esto, silencio total y no me preguntó más nada.

Así son también los cubanos, seres escurridizos que meten la cabeza en la tierra, avestruces que no quieren ver su propia realidad. En la Isla desde que nacemos nos inoculan el miedo: No digas lo que piensas, no disientas, no cuestiones el sistema o serás tachado de contrarrevolucionario y te apartarán de todo, te perseguirán, te apresarán… El miedo es otro objeto que guardamos en la valija y traemos a donde emigramos, porque incluso viviendo lejos de Cuba, seguimos siendo esclavos de su política, y tenemos que “pedir permiso” al régimen para visitar nuestro propio país.

Permiso de salida y permiso de entrada. Si papá Estado no quiere que viajes, no conoces el mundo, carta de invitación de un extranjero y/o institución mediante. Aunque tengas dinero, no puedes sacar un pasaje e irte de vacaciones a Jamaica…

Explicar en un post algo tan complejo como la demencia del comunismo cubano es imposible, y en realidad hace mucho que me propuse dejar de escribir y pensar tanto en ese tema, antes lo hacía frecuentemente, pero me lacera y satura, ya bastante tengo con trabajar en que a otros le llegue esa verdad, a través del periódico digital Diario de Cuba. Y aún así, no hay un día que esa palabra de cuatro letras no salga de mi boca, como una patología.

Pero en realidad no tengo país ahora, no soy ni de aquí ni de allá; España me pide complicadas pruebas de “arraigo” para regularizarme ⎯las mismas que a todos los inmigrantes irregulares: tres años de permanencia, pruebas legales de existencia física en el territorio español y contrato de trabajo, así suena sencillo pero es mucho más complejo, sobre todo tratándose de este momento en el que hay casi 5 millones de parados con más derecho a trabajar que yo⎯.

El régimen castrista por su parte, después de once meses fuera del territorio nacional, decreta que no tenemos derecho a seguir siendo cubanos, que somos unos desertores, traidores a la patria y no nos deja volver a vivir en nuestro país. Sólo visitarlo como turistas, eso sí, con pasaporte cubano para putearnos bien con trámites e impuestos. Y para eso, tienes que residir en algún lugar del mundo, claro, y yo no vivo aquí, aunque viaje en el mismo metro que todos los madrileños…

Hace unos meses me escribió un escritor cubano que lleva desde 2006 en Valencia, trajo a su hija y nieto, pero tuvo problemas para renovar su permiso de residencia al quedarse sin trabajo y acabaron los tres casi en la calle. Él, llegando casi a los cincuenta años, sólo encontró trabajos en negro como limpiador de tumbas o recogiendo chatarra, hasta que se le cerraron todas las puertas, y no tuvo con qué mantener a su familia. Recurrió a la caridad de los amigos y pidió ayuda para regresar a Cuba. Para los cubanos no existe contrato de repatriación, de modo que mi amigo tuvo que pedir ayuda a otros escritores funcionarios en la Isla para que éstos intercedieran por él y su familia, y conseguir un permiso especial por problemas humanitarios, aún están a la espera de que les concedan la entrada… Espero que sea pronto, y les deseo suerte, aunque me espanta la idea de volver, entiendo y respeto sus razones.

Siempre se habla del drama del pueblo cubano residente en la Isla, pero nosotros, los exiliados, también somos parte de ese pueblo, y también vivimos nuestra propia tragedia.

Llevo tres años, seis meses y 8 días en ningún lugar, y la libertad de irme se ha vuelto una jaula, he ganado la autonomía de vivir sin tener que ocultar mis ideas, la posibilidad de pisar algo del mundo fuera de la cárcel nacional, intento ser feliz lejos del infierno, ése donde aún vive mi madre y mi familia, ése que extraño con todo mi yo y que se ha vuelto una enfermedad crónica en mi cabeza. Pero al que no podría regresar porque significaría volver al coma mental.

Aquí estoy, agarrada a mi vida, porque mi patria soy yo misma y el pequeño mundo que he construido a mi alrededor, mi patria es mi hombre y su amor, es nuestra felicidad, es mi madre, son mis recuerdos, es el deseo de ver un día a mi país libre del señor feudal castrista… Y sé que lo veré. Tengo lo que a ellos les falta, la juventud y la fe.

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