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Yo estaba escapando de Axel. Me había asediado toda la noche en el concierto y ya no podía verle la cara. Su rostro, antes hermoso y querido, era ahora el desdibujo de un tipo sudoroso y repugnante que insistía en pedir explicaciones de por qué yo no quería volver a ser su novia: de cruzar la calle tomados del brazo, dormir enroscados y soportar (esa parte la pienso y la digo yo) sus constantes e injustificados celos por todos los hombres y mujeres del planeta que se me acercan. No. Francamente Axel colmaba mi paciencia al punto de salir corriendo y montarme en el primer autobús detenido en la avenida.

Me sentí aliviada al ver como el vehículo se ponía en marcha dejando la cara confusa de Axel mirándome desde la acera. Sonreí burlonamente y miré alrededor para aclimatarme a la nueva situación.

No sabía a dónde iba el autobús. Entonces vi a Daniel, creo que ese es su nombre. Sólo lo conozco de vista, pero es muy lindo, tiene unos grandísimos ojos azules que contrastan con su pelo negro, boca pequeña, pero de labios carnosos. Su piel se nota suave, apetecible. «Quizás esta noche tenga remedio», me digo intentando espantar la imagen de Axel.

⎯Hola, me puedes decir a dónde va esta ruta ⎯le pregunto a mi atractivo desconocido.

⎯A Miramar.

⎯Uff, ya veo, me he montado en la ruta equivocada… ⎯digo poniendo cara de gata abandonada.

⎯Esta noche hay una fiesta en el Jhonny Club, ¿quieres ir?, nosotros vamos para allá ⎯dice incluyendo a dos muchachos que bebían de una caneca.

⎯Esta noche cualquier lugar, menos la casa, estará bien ⎯le digo sonriendo, y el rostro de Axel se esfuma de mi mente.

Cuando nos bajamos del autobús ya éramos muy buenos amigos los cuatro. El alcohol tiene esos efectos y otros que si me pongo a enumerar no acabo nunca. Los dos amigos de Daniel eran tipos amistosos y me brindaron de su caneca. Yo retribuí comprando más bebida al llegar. Quería emborracharme, olvidarme de Axel y su machismo.

El club estaba repleto y la música era droga pura, reactivaba los deseos de bailar, de flirtear con todos, de tener sexo con otro luego de tanto tiempo con Axel.

Daniel. Concentrarme en él era mi objetivo.

Nos pusimos a bailar. Joaquín, uno de los chicos, fue hasta la piscina y empezó a bailar con unas muchachas en bañador. El otro chico, Pi, se quedó con nosotros, bebía a nuestro lado mientras Daniel y yo bailábamos. En un momento Daniel fue al baño y me puse a bailar con Pi. Luego vino Daniel y bailé con los dos. Luego la que fue al baño fui yo y al salir Pi me atrajo a una esquina y me empezó a besar como si todo fuera muy natural. Correspondí sin pensar, el alcohol me subía por las venas hasta maniobrar mi cuerpo.

Nos besamos y nos manoseamos mutuamente. Pero desde un ángulo vi a Daniel y mi mente volvió a enfocarse en él. Me libré poco a poco de Pi que ya se sacaba la pinga dura.

Daniel es hermoso, no sé si sea la palabra precisa, pero se trata de esas personas que en cualquier circunstancia logran verse bien. Y yo no soy tan diferente a los demás, a todos nos es imposible obviar lo bello, estamos atados a la belleza; mi atracción por Daniel es la necesidad de poseer lo bello encarnado en lo humano.

Pero la historia es mucho más simple, llegué junto a Daniel y a nuestro encuentro avanzó Axel, borracho, junto a sus amigos. Uno de ellos llega hasta mí y me advierte:

⎯Está insoportable, la tiene cogida con éste  ⎯dice mirando a Daniel⎯  y quiere hablar contigo, si no quieren problemas, mejor se van.

Daniel se siente agredido y quiere ir a discutirle. Yo le digo que no vale la pena, pero él sale al encuentro de Axel.

⎯Estás haciendo un papelazo, compadre, porque ella no quiere estar contigo.

Un careo tonto, balbuceo de borrachos, no sé como logré arrastrar a Daniel lejos del grupo, mientras los amigos de Axel lo calmaban. Nos fuimos de la fiesta por una calle trasera para ahorrarnos más problemas.

Cruzamos avenidas semioscuras, atravesamos un parque y recostados a un banco intentamos tener sexo torpemente. Pero no acabamos, estábamos sin combustible. Al salir a una avenida ya yo estaba exhausta, la noche era una mezcla atómica de sensaciones encontradas. Nos sentamos en un bar abierto, pedimos unas cervezas y conversábamos hasta que hubo un punto muerto y Daniel cayó redondo sobre la mesa. Eran las cinco de la madrugada y estaba sola con un hermoso borracho dormido.

Fui al baño con la idea de irme a casa. «Total, cuando despierte se irá por sus propios pies», pensé, pero regreso a la mesa y me encuentro con el regalo de que le han robado los zapatos. El camarero no vio nada, la cajera tampoco. Nadie sabe nada. Me pido un café y pienso en qué hacer con este hombre descalzo y en coma etílico.

«Un taxi», lo único que se me ocurre, todavía me queda algo de los 20 dólares.

Entre el camarero y yo lo subimos al asiento trasero, de su pantalón saco el carné de identidad.

⎯Calle 86, no. 133 ⎯le digo al chofer y me siento a su lado. El bulto de hombre sin zapatos ronca en el asiento trasero.

El taxista me ayuda a bajarlo, medio que se despierta y va recuperando lo que de alguien llamado Daniel quedaba en este guiñapo inconsciente. Yo intento irme, pero me empuja hacia la casa. El taxista me pita, se baja del coche. Le pago y veo como se aleja mi tranquilidad.

Entro a la habitación de Daniel. Él se desploma en la cama. Me acuesto vestida a su lado.

La luz de la mañana se cuela por los vitrales, él me toca con los ojos cerrados. Explora a la isla que soy, le quita todos los accesorios. Finalmente, lo conseguimos. Sin mucho preámbulo, ni glamour, ni magia, con los ojos legañosos, la luz acentuando las ojeras, su pene inexperto dejándome a medias.

Otro hombre bonito que me era prescindible.

Él no se creía ni una palabra de la noche anterior, se reía como un tonto por el robo de los zapatos. Cuando nos despedimos me dio un beso en los labios, pero los dos sabíamos que nunca más nos acostaríamos.

 

Lien Carrazana Lau, La Habana, 2008.

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