Llega agitada, meneando el pelo: corto, irregular y rojo artificial. Se quita la chaqueta de cuero llena de gotas de lluvia. Ambos gestos sincronizados son el símil de una perra sacudiendo su pelaje húmedo sobre mí.

Se desploma en la banqueta continua y no pide disculpas. Mira al camarero en la nuca y lo hace girar.

⎯Un whisky con hielo ⎯grita la inconsciente. 

Ignora por completo que el bar está casi vacío. Y que invade mi espacio vital…

⎯El trago que beben los grandes escritores ⎯dice jocosa al camarero.

⎯Y los asesinos ⎯agrego yo.

⎯Ay, no me di cuenta de que se había sentado ahí pero no se preocupe, vengo sola ⎯dice volviéndose a mí, con la cara tan dura, insinuando que HE SIDO YO el que ha llegado después…

«Dios, si existen estas criaturas tengo que dudar de ti, perdóname, y dame el beneficio de la duda, tu duda», me digo y me encomiendo imaginariamente. Acto seguido la miro: atravesando su cráneo, extirpando sus grises células grises y mirando en el fondo del fondo del fondo de su mente. Sus retazos (retrasos) mentales. Su mierda.

⎯Qué ojos más bonitos tienes, tan verdes, como un tupido bosque donde vive un animal salvaje, un gato gigante, un depredador nato ⎯me dice con una sonrisa coqueta mientras mis pupilas apuñalaban a las suyas, y sigue bebiendo su whisky, tan tranquila.

Relame el sabor de la bebida en la comisura de sus labios desmaquillados, color: rosa encendido, carne, vida, puerilidad, dulzor que me deshidrata.

Detengo la matanza mental. Sudo. Me vuelvo a mi trago. «Miro tu fondo, Gin tonic que me aligeras la vida, le das el tono light que tanta falta me hace, trágame, Gin tonic o hazme ignorar a esta puta egotista. Esta noche sólo quiero follar sin tener que matar a nadie antes o después.»

Bebo despacio. La pitonisa me sonríe puta.

 

 

Lien Carrazana Lau, Madrid, junio de 2011.

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