25 de julio de 2007:

Las congas son tan alegres, pero a mí me dan tristeza.

Por mi barrio pasan a menudo. Ahora mismo acaba de pasar una. Hoy, vísperas del día de la rebeldía nacional, la conga celebra, con cualquier pretexto, lo que importa es bailar, gritar, tomar ron, cantar o tararear cualquier cosa, lo que importa es la conga, corriendo sin rumbo por todas las calles de la Habana Vieja.

Yo la miro, la escucho y se me salen las lágrimas:

«Yo vivo en mi casa como quiero yo, y a nadie le importa como vivo yo…»

Cuando miro la conga siento deseos de perderme entre esa marea de gente, negra, mestiza, blanca, descamisada, en chancletas, borrachos, niños, viejas, mujeres, jóvenes, hombres que tocan la trompeta china, el tambor. Quisiera arrollar sin rumbo, dejarme llevar por la corriente, ser otra esclava del torrente, no tener esta tortura que se llama conciencia. Este sentimiento que me debilita cada vez que la conga pasa y una parte de mí, que nunca se irá tras ella, llora por lo que nunca ha sido, por lo que no ocurrirá, por esa muerte que danza frente a mis ojos, La Habana que pronto dejaré.

***

Esta conga no difiere mucho de las tantas que vi pasar bajo mi azotea en esa Habana que duele a los ojos y al corazón. Mañana volverán a pasearse camuflando la desdicha en felicidad momentánea, celebrando el yugo de seguir vivos, mientras los hermanos Castro proclaman una vez más el día de la sumisión nacional.

*De Diario de despedidas (libro en proceso), Lien Carrazana Lau, La Habana, 2007.

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