Cádiz
Fotos: Lindomar Placencia.

La Habana es Cádiz con más negritos,

Cádiz, La Habana con más salero. 

“Habaneras en Cádiz”

Letra: Antonio Burgos. Música: Carlos Cano.

 

Sin embargo, Cádiz no es La Habana.

Aún así quería encontrar algo de mi ciudad en esas calles del Sur. Quería oler el Atlántico, sentir el sabor del océano sobre el rostro, flotar en el agua que, distante, más fría, menos transparente, es la misma que bordea parte de las costas de mi país. Quería reflejarme en los brillos del sol sobre las casas coloniales y reconstruir recuerdos que se borran, inevitablemente, después de casi cuatro años sin estar en Cuba.

Llegamos de noche. Lo primero que nos asombró fue que el autobús nos dejara en un inhóspito lugar al aire libre sin mucha pinta de estación. Los pasajeros desaparecieron en distintas direcciones. Sólo quedamos nosotros, y un chino joven que miraba con cara de susto a todos lados, fumaba y llamaba por teléfono. 

Su rostro en nada se parece a la única foto que tengo de mi abuelo chino, pero me lo recordó, lo imaginé llegando con 18 años a una extraña ciudad cubana donde más tarde conocería a mi abuela.

Encendimos un cigarro y echamos a andar bordeando el mar. El chino se quedó en el falso andén. Fumando y esperando.

Caminando por el puerto vimos a una pareja de ancianos acostados en un portal. Sus cabezas completamente blancas, él con gran barba, ella le masturbaba bajo las sábanas. Soplaba el viento, ése que ya me habían descrito como “enloquecedor”. Me sobrecogieron los viejos amantes. “Al menos se hacen compañía”. Al menos… –dije mirando la pomposidad de un edificio del gobierno, en la misma acera–.

Quise pensar que Cádiz me mostraba también ese espejo donde no me reflejaba. Donde jamás querría mirarme.

 Cádiz de noche

En lo derruido de algunos edificios y en lo repintado de otros, las calles gaditanas desembocan a alguna esquina habanera, pero sólo a ese intramuros donde viví, mi Habana Vieja, la más antigua de todas las Habanas.

Me gustó perderme –sin perderme– en callejuelas laberínticas que se enlazan con plazoletas y recodos con bancos. Arcos, iglesias, calles peatonales con mesas y gente que come en medio de la calle. Pescado, pescado, pescado. Cartuchos con todas las cosas del mar deliciosamente rebosadas y fritas. Tortilla de camarones, acento estridente y campechano, camareros que hacen chistes, señores que responden al mendigo echando ceniza en el vaso de limosnas. Turistas haciendo fotos, nativos haciendo fotos, Cádiz es una foto en movimiento.

Pero un viajero nunca se lleva una idea fidedigna de la ciudad que descubre, en cambio, si ésta es mágica querrá volver, y Cádiz me dan ganas de volver para seguir descubriendo lo mucho que se diferencia (y se parece) a mi ciudad natal.

Y aún no he hablado suficiente del mar.

En el malecón

El mar. Motivo esencial para viajar a Cádiz, una ciudad que huele a mar por los cuatro costados. Una ciudad hecha de mar.

El malecón gaditano sólo se parece al de La Habana en que es un muro de contención, el límite vivo y cementado. En él me acosté al sol como las gaviotas. En él busqué y encontré mi límite: volver a mi antigua frontera algún día, tenderme sobre ella y pensar, quizás, en otros (nuevos) límites.

Volver a esa Habana mía que el gaditano Javier Ruibal, convirtió en canción.

Volver. El verbo que tortura la mente del exiliado.

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