Río Manzanares. (Foto: Lindomar Placencia)

 

Mi obsesión en septiembre: «El verano se va».

Si cierro los ojos llega el invierno a mi mente, atardece muy pronto, voy camino a la pastelería como si fuera a comprar un trozo de verano. En invierno necesito más azúcar que de costumbre.

El verano, en cambio, es dulce per se. Como un melón muy rojo y jugoso. Es azul como el cielo más limpio de todos los cielos. Transparente en playas, arroyos, ríos, fuentes, piscinas, charcas, mar, el verano también es agua. Y nos volvemos anfibios buscando un espacio donde remojar la piel, un oasis natural entre tanto asfalto (des)humanizado, escapar un rato, rodearnos de lejanía: montañas y río, por ejemplo, si se vive en Madrid.

¿Cómo sería Madrid con mar?

No me la imagino, creo que casi todo lo significa Madrid responde a su carencia de costas; arquitectura, carácter, forma de vida, la manera en que los madrileños –gatos o adoptivos– hacen la ciudad por idiosincrasia de barrio. Madrid es una caja china urbanizada, cada distrito es un micromundo. Es diversa, sí, no creo que mi carencia de referentes londinenses, berlineses, neoyorquinos vayan a empañar el hecho de que esta ciudad tiene un poco de la cultura de quien la vive, buffet de nacionalidades, y quizás lo que la hace más habitable está en el hecho de que no es tan grande como esas capitales de la diversidad. El corazón de esta ciudad se puede recorrer andando, encontrar conocidos en el trayecto, reconocer rostros habituales en algún recorrido de metro… pero esta vez quiero referirme a otros senderismos por un Madrid menos edificado.

Lo reconozco, prefiero los paisajes donde el hombre ha logrado dibujar su legado de civilización, prefiero también el confort de ese legado, soy senderista urbana, mis caminatas se limitan a parques, escaleras, avenidas, plazas y callejuelas. No soy una amante excesiva de la naturaleza rural, la disfruto, me relaja, la necesito y me lleno los pulmones con ella, pero tengo que regresar al bullicio, el calor del asfalto, al ajetreo de las ciudades, grandes, medio sucias, y muy vivas, llenas de todo lo que somos.

En Cuba conocí algunas ciudades y pueblos, pero si había que elegir entre campo y playa, yo optaba por lo segundo. Nunca visité Topes de Collantes, el Pico Turquino o el Valle de Viñales, la triste realidad es que casi no conozco mi país –la precariedad nacional hace que los cubanos viajemos sobre todo mentalmente–. En España no me cierro a la posibilidad de conocer lugares, subsanar, en la medida de lo posible, tanto encierro insular forzado, tanto mundo negado por descubrir.

Cuando uno se agobiaba en La Habana se sentaba en el malecón a mirar el mar.

En Madrid podemos girar la mirada hacia dentro, dejarnos abrazar por las montañas, ir a la Sierra, caminar un rato por ella, mojarse los pies en el agua del río, tomar el sol sobre las piedras, sentirse pequeño un rato, ser simplemente una pieza más de este juego de dioses creados por nosotros mismos, tomar un momento para mirar las nubes, la forma imposible de una piedra gigante sobre otra y sobre otra; tan puntiagudas, lejanas. Abrir los ojos al camino, ¡mira donde pisas!, «hasta un niño puede hacerlo», suda al sol, transpira, tararea una canción, ríete, haz silencio, toma agua, no tires basura en el bosque, el barranco puede jugarte una mala pasada, ve con tus amigos, con tu pareja, con tus hijos, tus padres, con un buen libro, con tu perro, tu dinosaurio o tu amigo imaginario, con quien quieras o solo, ve, y cualquier fobia citadina se te pasará.

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Este sábado estuvimos un grupo de amigos en la Charca Verde de Manzanares del Real. De Italia, de Francia, de Portugal y Cuba, pero todos madrileños por ahora, unidos por esta ciudad sin mar que parece abrazar a sus habitantes, continente adentro. La Sierra estaba concurrida, las familias caminaban en fila india. Niños avanzando con cero miedo en el cuerpo. «Habrá que poner semáforos», bromeaba una señora que nos cedió el paso.  Pronto la gente se dispersó, ocupando lugares en los márgenes del río, entre rocas, en busca de aire limpio, el espacio alcanzaba para todos, los perros corrían en un ataque de alegría, habían padres con bebés colgados a la espalda, chicas en topless entre pedruscos, los más osados se tiraban al agua helada de la Charca, otros se tendían como lagartos que se aferran a las piedras, bebiendo los rayos del último fin de semana del verano.

El invierno aún tendrá que esperar a que se caigan las hojas.

Le daré la bienvenida al otoño porque he disfrutado cada minuto de esta estación, el verano es también un estado mental. La adaptación al clima puede ser un signo evolutivo, incluso puede influir en el carácter de los pueblos, y todo esto puede sonar a cliché, pero si has llegado al final de este texto, en el que básicamente me he referido a un tema trillado por excelencia: El clima –y sin llegar al clímax ni a la cima–, no tendrás inconveniente en aceptar que el verano nos mejora el estado de ánimo descongelando los abrigos de la primavera.

Uno de los daños colaterales del exilio: saltar de la insoportable eternidad del verano caribeño a las cuatro estaciones castizas, pero quizás sea de los accidentes que más agradezco, a veces hace falta extrañar el verano para poder disfrutarlo con más ganas.

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